La ciencia médica en la demarcación de las fronteras del género: (re)produciendo identidades de género a partir de las ficciones normativas.

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La ciencia médica en la demarcación de las fronteras del género: (re)produciendo identidades de género a partir de las ficciones normativas.
    La ciencia médica en la demarcación de las fronteras del género: (re)produciendo identidades de género a partir de las ficciones normativas. Mtra. Alba Pons Rabasa Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa A partir de la aproximación etnográfica a la psiquiatrización de lo trans  que realicé en Barcelona, entre el 2009 y el 2011, pongo a discusión algunos elementos clave para entender los procesos de constitución de las subjetividades de género. Comprendo éstas no solamente como procesos relacionales en los que se reproducen y resisten los discursos, prácticas y representaciones de la cultura de género hegemónica, sino también como procesos reflexivo corporales vinculados a la experiencia y a la (auto)representación de la misma. En el marco de dicha definición consideraré la subjetividad y la corporalidad como fenómenos sociales, culturales e históricos que no pueden ser estudiados de forma fragmentada, sino que a través de un análisis dialógico propongo la dilución de las fronteras tradicionales de la episteme moderno occidental: cuerpo-mente y naturaleza-cultura como punto de fuga de las nociones esenciales en relación al cuerpo y la identidad. Considero fundamental, desde la mirada de una persona que no es trans,  empezar apuntando el porqué y para qué lo trans,  para a continuación, abordar ese diálogo continuo entre lo corporal y lo cultural, a partir del caso concreto de la experiencia de la vida real  , a la que consideraré una metáfora de cómo nos constituimos los sujetos y de cómo encarnamos el género. Desde mi perspectiva, estudiar la corporalidad hoy en día desde la ciencias sociales, es tener en cuenta varias premisas fundamentales 1  que tienen que ver con nuestra propia condición como sujetos generizados. Premisas que podemos asociar a ciertas rupturas epistemológicas. 1  Que tienen que ver con las premisas básicas del postestructuralismo y de la deconstrucción que comenta De   La primera premisa sería: Yo, investigadora, soy un sujeto que encarna una cultural de género histórica y geográficamente situada, al igual que las personas que participan de mi trabajo de investigación. Esto me sitúa ante sujetos con los que me asemejo tanto como me diferencio, por tanto, estamos ante una ruptura epistemológica importante que tiene que ver con el cuestionamiento de la dicotomía sujeto-objeto, yo/el otro, por una lado, y con la destitución del sujeto unitario, por el otro. Esta ruptura epistemológica me obliga a poner en relación lo que observo con lo que sé, siento, vivo y, finalmente, encarno. Lo que Fernando García Selgas nombraría como “sentido” y cuya problematización considera la base de la reflexividad (1995). Mi vivencia es mi investigación y para que el conocimiento que produzco sea “valioso” - que no válido - debe ser un conocimiento desde el re-conocimiento del lugar que ocupo en ella y en mi vida en general. Considero que no hace falta ser trans , en el sentido más extendido del término, para investigar lo trans , pero sí hace falta pensarte desde lo trans , para estudiar lo trans . Quizás la  perspectiva parcial y el conocimiento situado 2  (Haraway, 1995) sean la única vía para investigar asumiéndonos como sujetos encarnados. Si esta ruptura es fundamental en el estudio del cuerpo (y por tanto del sujeto) también lo es la que tiene que ver con la frontera existente entre metodología y teoría, que desde mi  punto de vista, está relacionada con la necesidad inminente, urgente, de teorizar desde el re-conocimiento de la diversidad y pluralidad de procesos de constitución de subjetividades e identidades. Admitir esta diversidad y pluralidad es poner a discusión metodologías rígidas y teorías categorizantes y universalistas, discutir “verdades únicas”; así como incorporar en el  proceso de investigación el valor interpretativo de los silencios, los fallos metodológicos e incluso, las teorías mejor consideradas dentro de la academia. Es imprescindible revisar y  problematizar, a la luz de la realidad etnográfica, las epistemologías, metodologías y teorías Lauretis: la destitución del sujeto unitario y la revelación de su carácter constituyente y no constituido (De Lauretis, 1989). 2  “Yo quisiera una doctrina de la objetividad encarnada que acomode proyectos de ciencia feminista paradójicos y críticos: la objetividad feminista significa, sencillamente, conocimientos situados.”(Haraway, 1995: 324)   que venimos usando para abordar la corporalidad y buscar las formas en que unas y otras no se obstaculicen sino que se impregnen y acompañen el trabajo de campo. La última premisa que considero importante tiene que ver con abordar una realidad compleja desde una mirada que deje las 2 dimensiones para abordar las 3, metafóricamente hablando: complejizar nuestra mirada. Empecemos a plantearnos si realmente estamos siendo capaces de generar conocimiento sobre la corporalidad que asuma de antemano una perspectiva compleja de la cuestión, que asuma que para abordarla debemos superar ciertas inercias modernas 3 y revisar hasta nuestra propia forma de mirar, sentir y sobre todo, re-transmitir. Pasemos de lo llano al relieve, a las texturas, a lo vivo, a lo encarnado, ¿por qué no? Entendiendo el cuerpo como un nudo complejo material y semiótico (Haraway, 1995: 345), un continuo entre la biología y la cultura, como punto de partida y llegada del proceso de materialización producto de la performatividad (Butler, 2002), que está dada por los discursos que producen representaciones y las prácticas corporales cotidianas y ritualizadas que producen cuerpos dóciles, maleables y controlables (Muñiz, 2011: 27). Abordar el cuerpo partiendo desde estas premisas es plantearnos el género no solamente como lo normativo, como lo que restringe, sino como un entramado complejo de vivencias que lo desbordan. Visibilizar y denunciar sus consecuencias pero a su vez mostrar cómo hay vivencias, sujetos, experiencias, que no se están mostrando, representando e incluso, investigando, que tienen que ver con él y que son positivas, plurales, diversas, complejas o, como mínimo, paradójicas…representar desde la ciencias sociales en general y la antropología en concreto estas “otras” vivencias, ya no como desviaciones, anormalidades, sino como diversidades, alternativas, opciones, pienso que es una cuenta pendiente, e incluso, una deuda. Desde aquí, desde la corporalidad como eje central, el género como frontera 4  y multitud, la investigación como experiencia y búsqueda personal y la re-presentación como necesidad 3  Neutralidad, conocimiento des-carnado, segregación del sujeto, por ejemplo. 4  Frontera que modela un cuerpo que es material y semiótico, que tiene vida como actor y agente. (Haraway, 1995: 341- 345)   teórico-metodológica inminente, me propongo abordar una pequeña parte de la realidad de algunas personas que viven en Barcelona y pasan por la Unidad de Trastornos de Identidad de Género. Pretendo poner a discusión qué papel juega la experiencia de la vida real, que defino más adelante, en su constitución como sujetos de género y cómo dialoga este papel con las diferentes dimensiones de la realidad social: la médica, la jurídica y la cultural. Y, finalmente, utilizar este análisis dialógico como metáfora para comprender lo que entra en juego en los  procesos de constitución de las subjetividades de género. La transexualidad a día de hoy sigue considerándose un trastorno psiquiátrico, el Trastorno de la Identidad de género que con la nueva revisión del Diagnostic and Statistical Manual of mental disorders (DSM) se queda como Disforia de género, término ya acuñado en los años 70. Los psiquiatras de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) durante los procesos de revisión del DSM-IV han estado dudando entre “desorden por incongruencia de género” y “disforia de género”, pero parece ser, por algunos documentos del proceso de revisión  publicados en su web 5 , que la última nomenclatura es la propuesta más exitosa. Volvemos a los años 70 cuando Fisk (1973) difunde el término disforia de género para hablar de transexualidad (cit. Nieto 2008: 259). Más tarde, Brown (1990) afirma que la transexualidad constituye la manera más extrema de manifestar la disforia de género (cit. Nieto 2008: 249). Después, Diamond (1999, 2002) considera disforia “cuando la autopercepción identitaria de la persona no es la misma o similar a la de otras personas de su mismo sexo” (cit.  Nieto 2008: 249). En todo caso, el contenido de la descripción de Disforia de Género y Trastorno de Identidad de Género es prácticamente el mismo, al igual que su utilización en el  proceso medicalizador trans . 5 Página web de la APA disponible en http://www.psych.org/    No parece casual que histórica y geográficamente coincidieran una década antes la invención del género y del “transexualismo”, primer término utilizado para nombrar estos  procesos, en el ámbito médico. Sin ánimo de extenderme mucho, pero atendiendo la necesidad de historizar, considero  pertinente “viajar” al Nueva York de los años 50, y hablar con el distinguido médico y  psicólogo John Money, responsable de la invención del concepto de género, quién, ya en su tesis doctoral, en 1947 lo nombra para después desarrollarlo clínicamente junto al Dr. Ehrhardt (Preciado 2008, Fausto Sterling 2006). Seguramente éste nos comentaría sobre la necesidad de dicho nuevo término para establecer la separación entre sexo y género, de lo biológico, y así dar explicación (y “reparación”) a anormalidades corporales que no tendrían un correlato social. Paradójicamente, Money citaría a Margaret Mead y Simone de Beauvoir para convencernos de que el cuerpo es maleable y de que el género se construye socialmente, pero de que la congruencia entre cuerpo y género es ineludible. Entre otras cosas, el desarrollo clínico del concepto lo que iba a permitir era hablar de la  posibilidad de modificar hormonal y quirúrgicamente el sexo de bebés nacidos con órganos genitales no clasificables por los términos anatómicos, médicos (y, sobre todo, sociales, desde mi punto de vista) disponibles, bebés diagnosticados como intersexuales. Es así como se separa la expresión social de la masculinidad y la feminidad del cuerpo anatómico, definiéndose el género como algo que tenía que ver con el contexto, la educación, los factores socioculturales,  pero determinado por el sexo anatómico de la persona. Se explica la desviación designando de otra forma lo social y la posibilidad de “reparación” de la misma desde lo corporal, con tecnologías que, justo en ese momento se estaban desarrollando. Si Money separó el sexo del género, Robert Stoller, psiquiatra, en California, al poco tiempo, separó conceptualmente el género de la sexualidad, trabajando junto a Harold Garfinkel, sociólogo y Rosen, psicólogo. Como nos explica Eric Fassin en su artículo “El Imperio del Género”, una de las intenciones de Stoller era separar entonces transexuales de
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