Filopolítica y autoconocimiento: Una aproximación a lo político desde la psicología analítica

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Filopolítica y autoconocimiento: Una aproximación a lo político desde la psicología analítica
   1 FILOPOLÍTICA Y AUTOCONOCIMIENTO: UNA APROXIMACIÓN A LO POLÍTICO DESDE LA PSICOLOGÍA ANALÍTICA Lorenzo Carcavilla Puey Universidad Complutense de Madrid (UCM) Capítulo de libro publicado en: Carcavilla, L. (2012), “Filopolítica y autoconocimiento: Una aproximación a lo político desde la psicología analítica”. En: Marinas, J. M. (Ed.), Pensar lo político. Ensayos sobre comunidad y conflicto , Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 205-217. Demasiados son aún los que buscan fuera. Unos creen en la engañifa de la victoria y el poder victorioso; los otros, en contratos y leyes; y los de más allá, en la destrucción del orden existente. Pero muy pocos los que buscan dentro, en su propio ser, y todavía menos los que se preguntan si el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad humana no consistiría en último término en que cada uno empiece por él mismo y someta a ensayo en su propio Estado interior esa supresión del orden existente (…) 1  C. G. JUNG, 1918. En la introducción a la edición española de Civilización en transición , tomo que reúne los escritos de Jung acerca de la transformación social y política de su tiempo, Enrique Galán subraya que éste fue «un observador tan minucioso de lo colectivo como defensor a ultranza del individuo» 2 . Dada la inherente relación entre lo colectivo y lo político, pues esto último hace referencia a la organización del colectivo humano que la  polis  reúne, considero que el planteamiento y la reflexión sobre ciertas propuestas de Jung 1  Jung, C. G. (2007), “Prólogo a la segunda edición de «La psicología de los procesos inconscientes»”. En: Jung, C. G.,  Dos escritos sobre psicología analítica. O. C. Vol. 7  , Madrid, Trotta, 8-10, p. 9. 2  Galán, E. (2001), “Introducción a la edición española”. En: Jung, C. G., Civilización en transición. O. C. Vol. 10 , Madrid, Trotta, IX-XL, p. IX.   2 puede ser muy enriquecedor en el contexto de unas jornadas cuyo centro es precisamente  pensar lo político . La primera cristalización de lo colectivo formalmente formulado como parte integrante de la estructura psíquica en la obra de Jung se produciría en 1912 en Transformaciones y símbolos de la libido , obra que supuso su dolorosa ruptura con Freud, así como una nueva «escisión» en la estructura del psicoanálisis. Esta escisión no es ninguna metáfora; apunta hacia un verdadero mecanismo psico-político del que se deriva el actual estado de fragmentación de las psicologías de lo inconsciente. Creo que vale la pena analizar muy brevemente los orígenes de este estado a modo de introducción histórico-epistémica antes de introducirnos en los textos de Jung. Desde la epistemología khuniana podríamos decir que, dado el periodo en el que se encuentra la psicología, una de las últimas ciencias en ganar su autonomía, su estado no puede ser otro que el del periodo denominado preciencia, es decir, el de la lucha entre diversos paradigmas. Esta lectura netamente epistemológica tiene un paralelo psicoanalítico. Si consideramos a la psicología, dada su juventud, en una etapa infantil, no habría de extrañarnos su fragmentación; incluso no debería de extrañarnos la imposibilidad de reconocer esa fragmentación, ya que ésta es todavía inconsciente y no ha madurado suficientemente la consciencia del corpus teórico psicológico como para integrar este hecho y reconocerse en el espejo. El estado es entonces la negación de la «castración teórica»; todavía no nos hemos percatado de que «mamá» mira a un tercero, ya sea esta mamá teórica Freud o Jung o Lacan. Si continuamos un poco más allá con este psicoanálisis salvaje de las psicologías de lo inconsciente, podríamos llegar al diagnostico «evolutivo» de que nos encontramos en un momento preedípico, probablemente en la etapa fálica, justamente una de las más relacionadas con el poder y con lo político: en psicología todavía somos siervos de paradigmas fálicos. Además, si nos consideramos empíricos, hemos de ser conscientes de la peculiaridad inherente al objeto psíquico, pues es el único objeto que se observa y se retraduce a sí mismo, es decir, el único objeto que no se sitúa en un sistema exterior, sino que pertenece al propio sistema de observación. Este hecho nos introduce en la llamada por Jung «ecuación personal»: la necesidad de tener en cuenta la peculiaridad individual del sujeto que se dedica al estudio de la psique. Jung escribe en 1921 Tipos psicológicos  precisamente como respuesta a la cuestión de lo que podríamos denominar como el problema epistemológico de la transferencia/contratransferencia en la construcción teórica o, dicho de otro modo, de la   3 proyección de los propios complejos en un determinado aparato conceptual. Tipos  psicológicos  es elaborado bajo la necesidad de crear un mapeo de la consciencia, en su relación con lo inconsciente, que sea de utilidad a la hora de determinar las características de la ecuación personal, no sólo de un sujeto cualquiera, sino también del sujeto que produce teoría psicológica. El no atender a este factor tuvo precisamente como consecuencia la dinámica disociativa de la Communitas  psicoanalítica. Esta obra   significa entonces, en lo que respecta a nuestro tema de hoy, el intento de comprender psicológicamente el hecho de la fragmentación teórico-política que sufría el psicoanálisis en su devenir histórico, así como el intento de integrar las psicologías de lo inconsciente, fundamentalmente la perspectiva freudiana y la adleriana 3 , pues ambos puntos de vista «son parciales y sólo característicos para un tipo» 4 . La primera da preferencia a la pulsión y es predominantemente mecanicista (causalista). La segunda se centra en el yo y se fundamenta en una perspectiva energetista (esencialmente finalista) 5 . Estas dos perspectivas son excluyentes en el objeto real pero no mientras se mantengan en la esfera de lo psicológico a través de la proyección hipotética consciente sobre el objeto. Para Jung «el predominio de una u otra concepción depende menos de la conducta objetiva de las cosas que de la actitud psicológica del investigador o pensador» 6 . Por ello la elección de una perspectiva causalista o finalista dependerá, en definitiva, de la posibilidad de éxito que dicha elección nos proporcione. Esta estrategia teórico-política integradora y dialógico-crítica continuará durante toda la producción teórica junguiana. En contraste a ella, el diálogo freudiano con las otras psicologías de lo inconsciente será mucho más complejo . A veces basado en cierta estrategia teórico-política de exclusión, como en Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico ; otras huidizo y arrogante, como puede observarse en el prólogo de  El yo y el ello . Aquí, incapaz de escribir nombre propios, Freud elude la necesidad de entablar el diálogo con Adler y con Jung diciendo sencillamente que no tiene por qué dar explicaciones. Pero el hecho es que recupera parcialmente en su teoría ciertas aportaciones de estos «ex-analistas», como él los denomina. Esta recuperación se refiere, por un lado, a la pulsión de agresión que en su día postuló Adler, y por el otro, a los restos arcaicos del superyó conservados en el ello, con lo que introduce en su teoría, 3  Jung, C. G. (1971a), Tipos psicológicos I  , Barcelona, Edhasa, pp. 85-89. 4    Ibidem , p. 89. 5  Jung, C. G. (2004a), “Sobre la energética del alma”. En: Jung, C. G.,  La dinámica de lo inconsciente. O. C. Vol. 8  , Madrid, Trotta, 5-68, p. 25. 6    Ibidem , p. 7.   4 en mayor o menor medida, una suerte de inconsciente colectivo. También tomará el diálogo freudiano en ciertas ocasiones la forma proyectiva, por ejemplo, en Tótem y Tabú . Esta explicación mítica puede leerse, sin anular por ello otras lecturas en virtud de la sobredeterminación, como el srcen de la propia horda psicoanalítica, en cuyo centro gravitatorio se encuentra el  padre . El padre de la horda que se ve amenazado y muerto por los hijos puede ser leído como un fantasma freudiano que hay que analizar desde la otra posición, la de Adler, es decir, la del afán de poder. Las pulsiones del yo comenzarán a desdibujarse en las inmediaciones de esa misma época por mediación del «pecado narcisista», culminando dicho proceso en la segunda teoría pulsional con un yo todavía más empobrecido. Desde mi perspectiva, creo percibir un correlato entre el empobrecimiento del yo en la teoría freudiana y una inflación del «yo político» de éste. * * * Dejamos así esbozado el problema de la ecuación personal   y sus posibles consecuencias en la política psicoanalítica. A partir de ahora nos vamos a introducir en el análisis de la estructura psíquica tal como la concibió Jung desde sus comienzos a través de Tipos  psicológicos  y otros textos con el objetivo de extraer sus implicaciones en el campo de lo político. Dicho análisis se dirige hacia la formulación de las nociones de «filopolítica» y autoconocimiento. La «politización» de la tópica psíquica en Jung, si entendemos este proceso, brevemente, como la introyección de la dinámica socio-política, podría datarse desde 1912 con Transformaciones y símbolos de la libido , claro está, en el caso de que aceptemos el modo histórico y no puramente biográfico de dicho proceso. Pero esta politización de lo psíquico en Jung adquiere plena consciencia tópica y dinámica en 1921 con Tipos psicológicos . La diferenciación genérica entre individuos que introducen los diferentes tipos resalta las disimilitudes individuales desde el estudio de la dirección libidinal normal y anormal así como de las funciones psíquicas dominantes en cada individuo. Este desarrollo dinámico está determinado fundamentalmente por lo inconsciente colectivo y por el medio social, como luego veremos. En contraste, la politización tópica del aparato psíquico freudiano toma su expresión neta en 1923 en  El Yo y el Ello  a través de la instancia superyoica, pues ésta implica la introyección estructural de la dinámica social. Tal vez ver este proceso como politización sea exagerado, pues la pretendida dinámica socio-política internalizada es en buena medida   5 familiarista, y la casa familiar no es la  polis , pues ésta apunta precisamente a lo extrafamiliar, a la organización de un colectivo que se ha complejizado allende la estructura familiar del clan. No obstante, si atendemos al ideal del yo, componente superyoico que se nutre no sólo de las identificaciones de los padres sino también de ideales colectivos, no nos costará tanto admitir la politización de la segunda tópica, cristalización estructural de lo expuesto en Psicología de masas y análisis del yo . De este modo, las diferencias entre la tópica junguiana y la freudiana se van a jugar en dos ejes: el histórico versus biográfico y en el político versus familiarismo. Estos ejes no representan una exclusión cualitativa total, sino más bien diferencias cuantitativas —de considerable peso— en la importancia de dichos factores. Antes de analizar la tópica y la dinámica jungiana en su estrecha relación con lo histórico-político precisamos definir brevemente dos conceptos básicos: La disposición 7  es la orientación o expectación de la psique para obrar o reobrar en determinada dirección y se basa en el hecho de la existencia de una constelación subjetiva determinada de efectos selectivos en la percepción. La disposición es una de las causas fundamentales de la parcialidad de la orientación consciente, es decir, de la existencia de la psicología individual. Es muy frecuente, frecuentísimo, que coexistan dos disposiciones, una consciente y otra inconsciente, por lo que si no existiera en la psique una función autorreguladora y compensadora   se produciría una pérdida del equilibrio. La neurosis sería precisamente una pérdida parcial de este equilibrio entre las dos disposiciones. Esta función compensadora es de importancia fundamental, como luego veremos. Las funciones 8  son modos libidinales cualitativos independientes unos de otros con su esfera de acción propia y por lo tanto no pueden reducirse unas a otras. Son cuatro: las racionales —pensar y sentir— y las irracionales —percibir e intuir—. Las funciones racionales responden a valores objetivos, es decir, al producto de la experiencia media de los hechos psicológicos, tanto interiores como exteriores. Estos valores objetivos son obra de la historia de la Humanidad, pues se componen de complejos de representaciones tradicionalmente transmitidos. Las funciones racionales se caracterizan entonces por ser funciones dirigidas. Las irracionales en cambio no realizan una selección de objetos, cualidades o relaciones entre ellos, no tienen dirección, es decir, se limitan a acoger lo contingente, al percibir de lo que acaece. 7  Jung, C. G. (1971b), Tipos psicológicos II  , Barcelona, Edhasa, pp. 218-223. 8    Ibidem , p. 236.
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