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Ni Dios, ni Patrón, ni marido: El feminismo anarquista en la Argentina del siglo XIX - Por Maxine Molyneux Este artículo analiza el feminismo anarquista, una tendencia dentro del movimiento anarquista del siglo XIX en la Argentina, a través de un estudio del contenido y el contexto social del periódico La Voz de la Mujer. Hay dos razones principales para estudiar este fenómeno. La primera de ellas es familiar a la historiografía feminista: volver visible lo que, en la frase de Sheila Rowbotham (
    Ni Dios, ni Patrón, ni marido: El feminismo anarquista en la  Argentina del siglo XIX - Por Maxine Molyneux Este artículo analiza el feminismo anarquista, una tendencia dentro del movimiento anarquista del siglo XIX en la Argentina, a través de un estudio del contenido y el contexto social del periódico La Voz de la Mujer. Hay dos razones principales para estudiar este fenómeno. La primera de ellas es familiar a la historiografía feminista: volver visible lo que, en la frase de Sheila Rowbotham (1974), ha permanecido oculto para la historia . La historia del feminismo anarquista en la Argentina nunca ha sido escrita; ni siquiera ha sido reconocida como una tendencia distintiva dentro del movimiento anarquista o de los movimientos latinoamericanos de mujeres. Los principales historiadores del anarquismo argentino -Max Nettlau, Diego Abad de Santillán y laácov Oved- apenas si notan la existencia de La Voz, sin analizar su contenido ni explorar su relevancia. Una segunda razón concierne a las implicaciones políticas de tales fenómenos en el interior del debate feminista, especialmente en el contexto del tercer mundo. La Voz de la Mujer era un diario escrito por mujeres para mujeres, y sus redactoras sostenían que era el primero en su tipo en Latinoamérica. Aunque esto no era cierto,1. La Voz podía alegar srcinalidad en su carácter de expresión independiente de una corriente explícitamente feminista dentro de los movimientos de los trabajadores del continente. Siendo uno de los primeros casos registrados en Latinoamérica de una fusión de ideas feministas con una orientación revolucionaria y trabajadora, difiere del feminismo hallado en otros lugares de Latinoamérica durante las fases iniciales de industrialización. Este último solía centrarse en mujeres educadas de clase media y reflejaba, en cierto grado, sus preocupaciones específicas. En el contexto latinoamericano, en el cual el feminismo es frecuentemente despreciado por los grupos radicalizados como un fenómeno burgués o reformista , el ejemplo de La Voz constituye un cuestionamiento a este modo de caracterizar lo esencial del movimiento. Aunque la investigación empírica no puede ser el terreno exclusivo para el debate acerca de la naturaleza y la efectividad del feminismo, una consideración de los hechos puede proveer información a dicho debate. El contexto El feminismo anarquista surgió en Buenos Aires en la década de 1890 en un contexto modelado por tres factores que distinguían a la Argentina entre los estados latinoamericanos del siglo XIX: un crecimiento económico rápido, el flujo de grandes números de inmigrantes europeos, y la formación de un movimiento laboral activo y radical. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la economía argentina estaba pasando por un momento de expansión espectacular. En el período comprendido entre 1860 y 1914, las tasas de crecimiento real del PBI estaban entre las más altas del mundo, lo que otorgaba a la Argentina un liderazgo sobre el resto de Latinoamérica, que iba a ser retenido hasta los años sesenta. La base de esta expansión era la explotación de las fértiles pampas, las infinitas llanuras del interior, las cuales producían trigo y carne baratos para los mercados europeos. Como la demanda de estos productos creció, y la capacidad productiva argentina se incrementó, el área de tierra cultivada se elevó de aproximadamente 80.000 ha en 1862 a 24 millones en 1914 (Ferns, 1960). El crecimiento de la economía incrementó la demanda de trabajo, y ésta fue satisfecha por la inmigración en gran escala. Desde la década de 1870 en adelante, se abrieron oficinas especiales en Italia, España, Francia y Alemania para atraer a los inmigrantes a la Argentina, con la promesa de tierras baratas, pasajes y préstamos. La respuesta en las áreas deprimidas de Europa fue extraordinariamente positiva, y la tasa de inmigración alcanzada no tuvo comparación con la de ningún otro lugar en el subcontinente. En total, entre 185 7 y 194 1, momento en que la inmigración había casi cesado, más de 6,5 millones de personas migraron a la Argentina, y cerca de 3,5 millones permanecieron allí. En 1914 la  Argentina era el país con la más alta proporción de inmigrantes con respecto a la población indígena en el mundo.2 Desde 1857 a 1895, la Argentina había recibido 2.117.570 extranjeros, de  los cuales 1.484.164 se establecieron. En 1895, éstos representaban el 20% de los aproximadamente 4.000.000 de habitantes de la Argentina, y el 52% de la población de Buenos  Aires, la ciudad capital (Solberg, 1970). El mayor grupo étnico estaba compuesto por italianos, quienes en 1895 representaban el 52% del número total de inmigrantes. Los españoles conformaban el segundo grupo más grande, con el 23,2% del total, y los franceses representaban el 9,6%. Pequeños porcentajes de alemanes,  británicos, austríacos, uruguayos, árabes, suizos y europeos del este integraban el resto. Fue entre estas comunidades de inmigrantes que el grupo que produjo La Voz de la Mujer surgió y desplegó su actividad. El anarquismo como ideología política fue srcinalmente importado por los inmigrantes provenientes de los países europeos en los cuales el movimiento anarquista era fuerte -Italia, España y Francia-.3 Los grupos y las publicaciones anarquistas, muchos de los cuales fueron fundados por refugiados políticos de Europa, emergieron por primera vez en las décadas de 1860 y 1870.  A pesar de los orígenes foráneos del anarquismo, no hay duda de que las condiciones materiales que encontraron los inmigrantes en la Argentina proveyeron un terreno fértil para el mismo. Tras su arribo a Buenos Aires, aproximadamente la mitad de los inmigrantes buscó inicialmente su fortuna en la tierra, mientras que el resto encontró trabajo en la economía portuaria en expansión y en otros centros urbanos tales como Rosario y La Plata. Se convirtieron en  jornaleros, obreros, empleados domésticos y empleados públicos en los proyectos de construcción financiados por el estado. Mientras que algunos tenían capital para invertir en negocios y en bienes raíces, la mayoría eran miembros de la clase trabajadora rural o urbana, que habían venido a la Argentina para escapar de las privaciones de sus propios países y lograr fortuna. Pocos inmigrantes lograron alcanzar la movilidad social a la que aspiraban. La mayoría continuaron siendo trabajadores; aproximadamente el 70% de los inmigrantes se concentraron en la ciudad de Buenos Aires, y de la clase trabajadora en general alrededor del 60% eran extranjeros. El deseo frustrado de una mejora en sus medios de vida fue probablemente una de las causas principales del descontento de los inmigrantes (Rock, 1975). Para muchos de estos trabajadores, las condiciones eran desastrosas. En Buenos Aires, donde la población se duplicó entre 1869 y 1887, y nuevamente entre 1887 y 1904, la vivienda era escasa y de mala calidad. Muchos trabajadores vivían en conventillos, en los cuales la familia inmigrante promedio de cinco personas compartía una habitación de 12xl2 pies (3,6 x 3,6 metros, aproximadamente) (Solberg, 1970). Aunque los salarios no eran bajos en comparación con los de otros países latinoamericanos, se deterioraban a causa de las constantes devaluaciones. Los trabajadores eran estafados frecuentemente en los tratos con sus jefes, y las condiciones de empleo eran duras. La norma era una jornada de diez horas y una semana laboral de seis días (Marotta, 1960). Las dificultades materiales se combinaban con condiciones políticas que no aliviaban en lo más mínimo la distancia de los inmigrantes respecto de la realidad argentina, y su insatisfacción ante ella. Aunque en teoría la Argentina tenía un gobierno constitucional en el cual prevalecía la soberanía popular, en la práctica existía un sistema de elección indirecta, clientelismo político y alianzas informales con caudillos locales. Esto anulaba la representatividad política real de la mayoría de los residentes argentinos, fueran nativos o inmigrantes. Cuando los inmigrantes comenzaron a hacerse oír, y la militancia de la clase trabajadora aumentó, los inmigrantes parecieron amenazar la prosperidad económica que ellos habían ayudado a construir. Para aumentar el control sobre ellos, el gobierno hizo casi imposible la naturalización de los inmigrantes, aunque sus hijos se consideraban ciudadanos argentinos por derecho de nacimiento. No es sorprendente, por lo tanto, que en 1895, de un total de 345.493 extranjeros en Buenos Aires, sólo 715 habían adquirido la ciudadanía (Bourdé, 1974). Esta política de restricción de derecho al sufragio permitió que el gobierno pospusiera algunas de las consecuencias de la inmigración durante dos décadas. La población inmigrante fue mantenida en una situación económica y política precaria. La doble descalificación (electoral y nacional) que permitía una expresión política mínima de sus aspiraciones la alentó a expresarse de un modo combativo y, muchas veces, revolucionario.  El descontento de los inmigrantes fue evidente en las huelgas de finales de la década de 1880, y alcanzó un pico en la huelga general de 1902. Pero el gobierno estaba obligado a continuar creando la fuerza misma que deseaba contener. Las comunidades inmigrantes, que integraban la naciente clase trabajadora, tenían un rol prominente en el modelado de sus ideologías y del carácter de sus luchas. Ellas trajeron de Europa una cultura política que emergió a partir de su experiencia con las organizaciones y las formas de acción de la clase trabajadora, trasladando los debates acerca del anarquismo, el socialismo y la organización de los sindicatos a las tiendas, los conventillos y los cafés de Buenos  Aires, Rosario y La Plata. La primera huelga, en 1878, fue organizada por el Sindicato de Prensa, establecido 20 años antes por cooperativistas españoles. Para la década de 1880 se habían extendido las formas de organización y de resistencia de la clase trabajadora, y este crecimiento se aceleró por el inicio de una recesión severa, conocida como la crisis Baring, que azotó a la  Argentina entre 1889y 1891. El colapso económico precipitó una crisis gubernamental, un levantamiento por parte de los militantes del naciente partido radical, y la primera ola extendida de acción huelguista, al final de la cual había pocas ramas del empleo que hubieran escapado a los efectos del descontento de los trabajadores. En este clima de creciente militancia de la clase trabajadora, en las décadas de 1880 y 1890, había grupos revolucionarios activos que producían panfletos y diarios, organizaban mítines masivos, presentaban obras de teatro y participaban en huelgas y manifestaciones. Hasta la emergencia del Partido Socialista como una fuerza significativa a fin de siglo, gran parte de estas actividades eran llevadas a cabo por anarquistas, muchos de los cuales, como Ettore Mattei y Enrico Malatesta, eran exiliados de Europa. Contaban con un apoyo significativo en la clase trabajadora y controlaban un número significativo de sindicatos poderosos, entre los cuales se encontraba el de los panaderos (organizado por Mattei) y el de los albañiles. En las décadas de 1880 y 1890 llegaron a existir hasta 20 diarios anarquistas simultáneamente en francés, español e italiano; ocasionalmente aparecían artículos en cada uno de esos idiomas en el mismo diario. El anarquismo en la Argentina alcanzó su pico en las primeras dos décadas del siglo XX, y la historia anterior de este movimiento puede ser vista como un avance lento y muchas veces interrumpido hacia este clímax. La Voz de la Mujer apareció después de medio siglo de continua  y tentativa actividad anarquista, y como una de las primeras expresiones de lo que llegaría a ser el anarquismo argentino en su mejor momento. Las fluctuaciones del anarquismo y las formas de organización y lucha adoptadas seguían un modelo similar al europeo, y por la década de 1890 el anarquismo se encontraba, como en cualquier otro lado, sobre todo bajo la influencia del comunismo anarquista propagado por Peter Kropotkin y Elysée Reclus en Europa, y Emma Goldman y Alexander Berkmann en los Estados Unidos. Ésta era la tendencia a la que pertenecía La Voz de la Mujer. El comunismo anarquista era una fusión de ideas socialistas y anarquistas. Estaba orientado hacia la eliminación violenta de la sociedad existente y hacia la creación de un orden social nuevo, justo e igualitario, organizado sobre el principio de: De cada uno, según sus fuerzas; a cada uno, según su necesidad . Internacionalmente, el movimiento estaba dividido en cuanto a si la revolución debía ocurrir a través de un levantamiento popular, o a través de una huelga masiva. Había también desacuerdos acerca de la medida en la cual el movimiento anarquista mismo debía estar organizado, y acerca de las formas apropiadas de emplear actos de violencia individual en contra del estado, con propósitos de propaganda. Tanto el socialismo como el anarquismo se centraban en la clase trabajadora, pero también expresaban cierta simpatía por el principio de la emancipación de la mujer. Para la década de 1880, había surgido una corriente feminista distintiva en el seno del movimiento anarquista europeo, representada por escritoras tales como Soledad Gustavo (Teresa Mañe) y Teresa Claramunt, de modo similar a como en el movimiento norteamericano estas ideas eran desarrolladas por Voltairine de Cleyre, Emma Goldman y otras. Algunas de estas escritoras ya estaban siendo publicadas en la Argentina en la década de 1880, y en las críticas a la familia de la prensa anarquista aparecieron junto a editoriales apoyando al feminismo , que era un término de uso común en ese momento. El mayor impulso al feminismo anarquista provino de los activistas españoles, pero exiliados italianos como Malatesta y Pietro Gori apoyaron las ideas feministas en sus diarios y artículos. En las décadas de 1880 y 1890, una de las principales formas de la actividad anarquista era la edición, impresión y distribución de diarios, folletos y panfletos. Más aún, había aparentemente tanta literatura anarquista circulando en Buenos Aires en los últimos años del siglo como en el   bastión anarquista de Barcelona (Solberg, 1970). En los primeros años, la mayor parte del contenido editorial de estos diarios era importado de Europa, pero a medida que se ganó experiencia los contenidos reflejaron, cada vez más, un compromiso local. Se sabe muy poco acerca de cómo se financiaban estos emprendimientos editoriales, pero según la información disponible parece ser que algunos fondos llegaban en forma de pequeñas donaciones recolectadas en mítines y conferencias. Los costos de impresión eran relativamente bajos; de acuerdo con las listas que aparecían al final de las publicaciones, el costo de publicación de las dos mil copias de un diario era, en la región, de $ 45 en 1897 -un poco más del doble del salario semanal. Las listas de suscripción muestran que por lo general las donaciones individuales eran de aproximadamente 20 centavos; tres o cuatro grupos, algunos en las provincias, enviaban regularmente sumas de hasta cinco pesos cada uno. Los donantes eran generalmente identificados por nombres falsos, que evocaban noms de guerres (como Firme en la Brecha , Menos Pedir, Más Tomar , Un Tirabombas ), u oficios; los miembros de este último grupo, el cual incluía a los zapateros, barrenderos, prostitutas, camareros y conductores, junto con las pequeñas sumas donadas, indican la clase social de los lectores.4 Los panfletos y los diarios eran frecuente, mente regalados. Debido a la irregularidad con la que aparecían estos diarios, y a la precariedad de su existencia, la institución de una suscripción regular no era efectiva. La Voz de la Mujer era uno de los típicos diarios pequeños, semiclandestinos y efímeros de la tendencia comunista-anarquista, que reivindicaba la propaganda por los hechos . A pesar de estar dirigido a la clase trabajadora, parecía tener pocos lazos orgánicos con ella, y su actitud antirreformista militante debilitaba más su capacidad de intervención política en la problemática contemporánea. Sin embargo, su feminismo debió haber provocado alguna respuesta entre las mujeres trabajadoras en las ciudades de Buenos Aires, La Plata y Rosario, ya que duró un año y se imprimieron entre mil y dos mil copias de cada edición -un número respetable para un diario anarquista en ese momento. Fue entre las mujeres trabajadoras de los centros urbanos que La Voz de la Mujer surgió y luchó por apoyo. Las redactoras surgieron de las grandes comunidades española e italiana, y se identificaban a sí mismas con las mujeres de la clase trabajadora. Había, seguramente, un público de mujeres de la clase trabajadora urbana en la Argentina del siglo XIX, y muchas de estas mujeres eran inmigrantes. El censo de 1895 reportó 368.560 mujeres inmigrantes (un poco más que la mitad del número de hombres, aunque las mujeres constituían la mayoría de la población nativa), el 37% de las cuales estaban en Buenos Aires. No sabemos qué porcentaje de este total eran trabajadoras, pero las mujeres inmigrantes constituían la mayoría de la población económicamente activa de Buenos Aires y sumaban el 40% de los 21.571 empleados domésticos, el 66,1% de las modistas, el 56,9% de las costureras, el 16,9% de las cocine, ras, el 23% de las maestras, y el 34% de las enfermeras. En total, las mujeres inmigrantes constituían aproximadamente la mitad de las 66.068 mujeres registradas como empleadas en la capital, y se concentraban en el servicio doméstico, las industrias de la costura y textil, y en la cocina (Segundo censo, 1898). Esta tasa relativamente alta de participación, acompañada con iguales oportunidades para las niñas en su educación, significaba que la prensa radical tenía un grupo potencial de lectores que no se confinaba a las clases bajas. La Voz de la Mujer podía contar también con la existencia de un número bastante grande de mujeres alfabetizadas y con al menos alguna educación entre las trabajadoras a las cuales dirigía su propaganda. Las mujeres inmigrantes más pobres, sin embargo, no solían tener educación alguna. Estas mujeres inmigrantes estaban generalmente unidas, en carácter de esposas o madres, a sus esposos y familias, si bien muchas de ellas deben haber sufrido los problemas comunes asociados con el desorden y la adaptación a una cultura ajena, aunque algo aliviados por la continuidad en el lenguaje y los valores religiosos. Para las mujeres, la migración, sea interna o internacional, era tanto un efecto como una causa de cambios en la familia y en su posición en la sociedad. En tanto la estructura socioeconómica del  viejo mundo se descomponía, se redefinían las relaciones en el interior de la familia y, en algunos grupos, se liberalizaban. Sin embargo, parecería que la mayor parte de las mujeres inmigrantes permanecieron entrampadas dentro de sus propias culturas comunales en lo relativo a las cuestiones de sexualidad y familia, y que las tradiciones y prejuicios de la Europa meridional continuaron ejerciendo influencia. A pesar de las condiciones tumultuosas de la capital en este período, las mujeres fueron mantenidas en sus roles sociales y económicos tradicionales y obligadas a trabajar bajo las estructuras discriminatorias que prevalecían en otros puntos del mundo industrializado. La Voz de la Mujer, por lo tanto, surgió en el contexto
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