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    1  Reconstrucción del orden sociopolítico en América Latina despues de la independencia. Una reconsideración del caudillismo en el Río de la Plata Valentina Ayrolo Eduardo Míguez En América Latina la desaparición del régimen político colonial abrió una lucha por el poder entre facciones rivales que creó las condiciones para nuevas manifestaciones de la acción política. Desde luego, las tensiones sociales y las luchas facciosas que en ellas se manifestaron estaban muy presentes en la sociedad colonial. Pero en la medida en que una autoridad monárquica se preservaba como árbitro legítimo del orden socio-político, ésta sobreponía un sistema de resolución de conflictos que evitaba su estallido violento. En ocasiones, es cierto, se producían refriegas o rebeliones, pero hasta 1808 la monarquía logró sobreponerse a ellas y preservar su autoridad. Fue la conjunción de la crisis monárquica provocada por las guerras napoleónicas, y las crisis de legitimidad de la monarquía como sistema socio-político y del estatuto colonial de América, emergentes del clima de ideas revolucionario de fines del XVIII, lo que precipitó al subcontinente en la necesidad de redefinir su sistema de poder. Y en ese proceso surgieron el caudillismo y la montonera. El caudillismo fue una forma de dominación social caracterizada por fuertes liderazgos personalistas con apoyo popular. El término montonera se aplica a diversas formas de acción militar, también de base popular; desde tumultos armados, a ejércitos no profesionalizados y mal organizados, cuya acción sin embargo podía prolongarse por algunos meses. 1  Con frecuencia, los caudillos accedieron al poder o permanecieron en él apoyados por montoneras, pero contaron además con frecuencia con pequeños ejércitos regulares (salvo en Buenos Aires, donde podía ser más importante) y milicias que movilizadas, eran bastante similares a las montoneras. Así, el poder de los caudillos podía prolongarse por muchos años, más allá del espasmódico ciclo de las montoneras. Los caudillos emergieron de las guerras de independencia, pero fueron característicos de las guerras civiles que siguieron. Estas típicamente enfrentaron un bando centralista (Unitarios) y otro Federal, pero las luchas fueron en realidad mucho más complejas. Habitualmente, los caudillos, defensores de la autonomía local, fueron federales, pero también hubo caudillos unitarios, y más allá de las divisas políticas, la etapa se caracterizó por constantes y complejas luchas por el poder. Basado en la propia investigación de los autores, y en una creciente acumulación de conocimientos sobre estos fenómenos para el período que va desde la independencia hasta la consolidación de los Estados nacionales hacia la década de 1870, este trabajo propone una reinterpretación del caudillismo como forma de orden socio-político y de la montonera como típica expresión de la acción militar, para el Río de la Plata, en una mirada que abarca como trasfondo de referencia a América Latina. 2  En plena era de caudillos, Sarmiento (1845) ofreció una explicación del fenómeno según la cual el medio ambiente y la soledad de las pampas generaron al oscuro 1  A lo largo del texto, esperamos justificar y hacer más precisas estas definiciones muy generales. 2  Sin embargo, no parece hoy conveniente generalizar las conclusiones a otros espacios, ya que aunque el fenómeno es común a toda la región, parece aventurado proponer interpretaciones para toda ella. Aún en el ámbito rioplatense, descubrimos manifestaciones muy diferentes del caudillismo, vinculadas a situaciones sociales también diversas.    2 personaje, rústico e irracional, figura central de la política decimonónica. La anarquía fue la consecuencia lógica del caudillismo y su barbarie, hija del predominio del campo y su estilo pastoril de vida sobre la ciudad, centro de la ilustración y del saber. Esta interpretación clásica, aún influyente, ya no es totalmente satisfactoria. No es este el lugar para revisar la rica historiografía que siguió a esta visión precursora (una interesante revisión en Goldman y Salvatore 1998, también Halperín 1999). Vale recordar, sin embargo, que muchos de los autores que en ella participaron mantuvieron la ambición de Sarmiento de ofrecer una interpretación global del fenómeno, en general con referencia a toda América Latina o a algún país en particular (México fue el más favorecido). Trabajos clásicos como Chevalier (1963), Wolf y Hansen (1967), Díaz Díaz (1972), Lynch (1981, 1993) y Knight (1980), entre otros, han sido nuestras referencias obligadas, junto a la bibliografía más específica sobre el Río de la Plata, muy ampliada en años recientes (que sólo podremos citar muy parcialmente). En línea con algunos de estos autores (Díaz Díaz, Knight) apelamos a un marco conceptual de inspiración weberiana, aunque el horizonte de problemas incluye un espectro bastante más amplio.  El marco político del caudillismo. Diversas fuerzas incidieron en la configuración de un orden socio-político en el Río de la Plata revolucionario. Por un lado, las que podemos llamar fuerzas programático reformistas, que imaginaban que la revolución de independencia debía dar lugar a la construcción de un sistema social nuevo, acorde a principios ideológicos definidos. Aunque con variantes, coincidían básicamente en las ideas liberal-democráticas en boga en la época. Por otro, fuerzas conservadoras, que resistían las reformas buscando preservar tradiciones que, desde ya, eran en realidad redefinidas o reinterpretadas constantemente, y prontamente adaptadas a un contexto republicano-revolucionario irreversible. Entre éstas se encuentra obviamente la invocación al antiguo régimen en su conjunto, o ciertos aspectos de él, como una fuente de legitimidad para ciertos movimientos – además de las facciones monárquicas, que se extinguen hacia 1820, seguramente el ejemplo más clásico es la defensa de la religión frente a programas liberales – pero también la apelación popular al resguardo de derechos tradicionales y costumbres. Por otro lado, estaba presente el peligro de cierta disolución social; la auténtica anarquía. La expresión de ello es la fuerza del bandolerismo; una expansión de salteadores y bandas de forajidos carentes de objetivos políticos o sociales. Este es sin duda un elemento siempre presente en las sociedades, y aunque la crisis política y la militarización favorecieron su crecimiento, en ningún momento parece haber significado un auténtico desafío a la existencia de un orden social. Hay dos razones, sin embargo, para tenerlo presente. Por un lado, porque como Sarmiento, muchos de los contemporáneos y no pocos historiadores lo han confundido con el caudillismo mismo. La otra es porque por cierto los conflictos montoneriles podían degenerar en anarquía, y muy concientes de ello, los caudillos trataron enfáticamente de evitarlo, y sobre todo de demostrar que lejos estaban de promoverla. Finalmente, otro factor fue la conformación de un orden social cobijado en lo que podríamos denominar señoríos militares de base popular. Aquí resulta muy sugerente la referencia a la descripción que Marc Bloch (entre tantos otros) hizo sobre los orígenes del sistema feudal. Disuelto el poder del Imperio, nos dice, grandes terratenientes, antiguos funcionarios o militares imperiales, viejas autoridades locales    3 quizás herederos de antiguos liderazgos pre-imperiales, organizaron fuerzas para proteger sus tierras y las de sus hombres, y competir por poder con sus rivales. 3  Las diferencias son abismales, claro. Pera hay algunos puntos en que la evaporación del poder superior – el imperio o la monarquía colonial – dió lugar a ciertos paralelos. El surgimiento de señoríos militares que imparten justicia y aseguran un cierto orden en su territorio, a cambio de lealtad personal, es un elemento presente en la conformación del orden político de la temprana independencia, y se mantiene hasta la consolidación del Estado nacional. Esta similitud llevó a algunos historiadores a extenderla a otros planos, proponiendo la tesis de una suerte de feudalismo, donde el dueño de la tierra es a la vez señor de los hombres armados, y eslabón en una cadena de lealtades que culmina en el caudillo principal, el jefe regional o nacional (Lynch 1981). La profundización del estudio de casos ha mostrado, sin embargo, la debilidad de esta interpretación. No existe tal trama feudal en la relación entre el terrateniente y sus hombres (Gelman, 1999, 2009). A diferencia de un señor territorial feudal, jefe de su séquito militar y juez de sus hombres y siervos, el poder de los caudillos no se basa,  prima facie , en la tierra, sino en su capacidad de movilizar hombres en general libres. Y si algunos líderes son grandes terratenientes, e incluso en ocasiones utilizaron sus haciendas para cobijar y sostener sus tropas (un ejemplo es el caso de Bustos citado en las memorias de Aráoz de Lamadrid, 1947, Tomo I, pp. 258 y 259), la mayoría construyó su liderazgo vinculado a estructuras militares – oficiales de ejércitos revolucionarios o de milicias, incluyendo desde ya al propio Bustos – y no construyeron su poder sobre bases agrarias. Desde luego, la mayoría de quienes no tenían srcen terrateniente, cuando lograron estabilizar su predominio y constituirse en jefes locales o regionales, adquirieron con el tiempo propiedad agraria y riqueza. Así, más cerca de la interpretación de Wolf y Hansen, tenemos estructuras de liderazgos locales, que se articulan en tramas regionales mayores, pero sin liderazgos nacionales. Los caudillos se alían o se enfrentan, disputando con otros similares los hombres, los territorios, los recursos, las influencias. En ocasiones, como en la provincia de Buenos Aires en la época de Rosas, o por largos años en la Santiago del Estero de Ibarra, primero, y Taboada, despues, o la Santa Fe de Estanislao López, más allá de las luchas, existe cierta estabilidad de liderazgo. 4  En otras la turbulencia política generó cambios continuos, a veces por la muerte en acción de los caudillos. Ahora bien, sería erróneo pensar que estas fuerzas políticas se expresaron cada una de ellas en facciones definidas (por ejemplo, un monarquismo conservador, un centralismo revolucionario reformista, un caudillismo federal). Por el contrario, cada una de las facciones políticas contiene elementos de las diferentes fuerzas. Los realistas, por ejemplo, cobijaron las radicales ideas reformistas del liberalismo español durante las etapas de vigencia de la constitución liberal de Cádiz; 1812-14 y 1821-23. Luego de ello, no existieron en el Río de la Plata expresiones políticas conservadoras, como en 3  La  New Institucional Economics  ha buscado desentrañar la lógica económica de estos procesos, y los efectos de la disponibilidad de factores y de las tradiciones institucionales en la conformación de los sistemas. Es posible aplicar estos modelos al desarrollo del caudillismo, aunque no es obvio que cambien significativamente la interpretación de los mismos, ni es la perspectiva que preferimos adoptar en este trabajo (la referencia clásica, obviamente, es North y Thomas 1988; ver también Volckart 2002). Una visión clásica que asocia caudillismo y señoríos militares en Chevalier 1992 (1963). 4  Ibarra fue un caudillo federal de la provincia de Santiago del Estero que gobernó la provincia desde su creación en 1820 hasta su muerte natural en 1851 con escasas interrupciones, los hermanos Manuel y Antonino Taboada (unitario/liberales) hicieron lo propio en las décadas de 1850-70; López gobernó Santa Fe entre 1818 y su muerte natural en 1838.    4 otros lugares de América Latina, pero en general los proyectos reformistas contenían elementos socialmente conservadores. En el extremo opuesto, los liderazgos populares y caudillescos incorporaban tradiciones con raigambre popular, en general contrarias a las reformas liberales. Sin embrago, el discurso revolucionario de libertad, igualdad y democracia caló muy profundo y muy rápido en la población del Río de la Plata, de forma tal que fue moneda corriente en toda movilización caudillesca, en toda montonera. 5  Y esto no es nada trivial porque en el Río de la Plata las identidades políticas  jugaron un papel muy importante en la movilización de las montoneras. Estas identidades, en particular la más fuerte de ellas, el federalismo, estaba construida sobre un conjunto variado de experiencias y rasgos culturales; lo que Raymond Williams llamaría una estructura de sentimientos. Era ante todo una expresión de localismo. Por ello, era normal que los caudillos federales lucharan entre sí, entre otros motivos, porque la base de su identidad era eminentemente local (al hablar de “su patria” los caudillos hacen referencia a su provincia). Pero la identidad no es sólo localismo. La imaginería de ciertos liderazgos pasados y presentes, la música y poesía que los ensalza, formas del habla y la vestimenta, la defensa formal de una religión, que no siempre permea la vida cotidiana (al menos en sus formas rituales canónicas, siendo con frecuencia expresión de lo que podríamos denominar religión local, Christian, 1991), y el discurso de autonomía y libertad forman parte de una identidad capaz de movilizar al paisanaje (De la Fuente 2000, Salvatore 2003, Garavaglia 1999, 2007). Junto, claro está, a un conjunto de lazos personales de lealtad. ¿En que se basaba esta lealtad y quienes participaban en ella?  Montoneros. Hace casi medio siglo, en línea con el economicismo entonces dominante, Wolf y Hansen buscaron una raíz económica al fenómeno del caudillismo: según ellos “The aim of the caudillo band is to gain wealth; the tactic employed is essentially pillage.” (1967:173). A la luz de las investigaciones y desarrollos conceptuales actuales, esta visión parece un poco simple y reduccionista. Si miramos este fenómeno en pequeña escala, a través del accionar de montoneras que tenían a su mando a caudillos menores o caudillejos, esta apreciación de Wolf y Hansen parece exagerada. En un preciso estudio de una montonera de 1826, Fradkin (2006) ha insistido con buen fundamento sobre el carácter político del movimiento. Aunque no define con precisión el significado de esta expresión, lo que busca subrayar es que lejos de un movimiento que se limita a expropiar recursos, su objetivo fue incidir sobre la definición de las estructuras de poder. No es un caso excepcional. Solo para citar algunos ejemplos estudiados por nosotros, las rebeliones de Pérez Bulnes, Grimau o Rodríguez en Córdoba (Ayrolo 2008 a y b), las acciones de Baigorria (1975) en San Luis entre 1829 y 1832 y Lamela en la provincia de Buenos Aires en 1860 6 , así como el levantamiento en Buenos Aires en apoyo a Rosas y contra el gobierno de Lavalle luego del asesinato de Dorrego (Arnold, 1970, Gonzáles Bernaldo 1987), fueron expresiones esencialmente políticas. Por otro lado, la multitud de investigaciones sobre el fenómeno artiguista en la Banda Oriental, Uruguay (se encontrarán las referencias en Frega 2007), son bastante coincidentes en señalar que la expropiación de enemigos y el reparto de sus tierras jugó 5  Al respecto es interesante contrastar las visiones del ideario rosista en Meyer (1995) y Lynch 1983. 6  Ver AGN, (Archivo General de la Nación, sala X, legajo 20-4-6), ver Míguez 2005.
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