Autor: Roberto Navarro Montes Obra: Tratamiento Moral

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Autor: Obra: Tratamiento Moral París, 1793 El director del manicomio me presenta a un celador y me advierte, en un tono solemne que no admite réplica alguna, que siga en todo momento las instrucciones
Autor: Obra: Tratamiento Moral París, 1793 El director del manicomio me presenta a un celador y me advierte, en un tono solemne que no admite réplica alguna, que siga en todo momento las instrucciones de aquel hombre, añadiendo que tales precauciones responden única e inequívocamente al cuidado de mi integridad física. No es ni la primera ni la más severa advertencia que he tenido el dudoso placer de escucharle durante la extendida entrevista que hemos mantenido. Si no supiese el lugar en el que me encuentro, hubiera jurado que estaba en medio del asalto al palacio de Versalles, siendo perseguido por el odio del pueblo francés contra sus hasta entonces gobernantes y aterrorizado ante la idea de terminar con mi cabeza clavada en una pica. No se acerque a ellos. No les mire a los ojos. No les hable si no es imprescindible. No les dé la espalda bajo ninguna circunstancia. No se aleje jamás de los celadores. No se quede solo. No les toque. Permanezca atento y, si es necesario, atíceles con un garrote. A veces es la única forma de controlarles. Si tiene cualquier problema, avise a un celador. Ellos sabrán qué hacer. Y, esto es lo más importante, no cometa el error de pensar que son como usted o como yo. Pueden parecerlo, pero debajo de su aspecto solo son bestias. Lo comprende? 11 He de confesar, aun por mucha vergüenza que me provoque, que aquel discurso cumple con su cometido. Me pego al fornido cuerpo del celador que me han asignado y le sigo como un polluelo acobardado. La visita me transporta de lleno a las páginas del célebre El Castillo de Otranto, de Walpole. Pasillos sombríos y lúgubres, con las paredes manchadas de orina y excrementos, el ruido de las cadenas martilleando cada fibra de valentía de mi ser, los gemidos y sollozos de los internos acariciando mis oídos y alimentando mi pavor. El hedor es tan brutal que las moscas se apiñan a nuestro alrededor y solo entre fuertes arcadas y pañuelos en la nariz consigo avanzar. Los pocos internos a los que se me permite reconocer me alertan del avanzado grado de demencia y locura en el que se encuentran. Son incapaces de emitir dos frases coherentes seguidas. Mezclan en su discurso pasado, presente y futuro. Ríen como auténticos locos perturbados y al momento se echan a llorar desconsolados. Gritan. Gimen. La mayoría de ellos han perdido incluso el más básico de los pudores. Las mujeres muestran sus senos y se los apretujan y soban a mi paso, mientras que algunos de los hombres se masturban de forma compulsiva, insaciables ante el escaso gozo que aquello puede producirles.. La única buena dicha de aquella visita es que ninguno de aquellos pobres diablos me ataca. Ni siquiera percibo tales intenciones. Desde mi punto de vista, apenas son conscientes de nuestra presencia. Al término de la visita mi tez se dibuja pálida y mi estómago revuelto. Los celadores se mofan de mi aspecto y lo único que recibo de la mayoría de ellos es una mirada altiva cargada de condescendencia y una palmadita en la espalda. Un lugar maravilloso, no le parece? me dice el celador que me ha acompañado y protegido. El director tenía razón digo muy a mi pesar Se comportan como bestias. Son bestias, doctor. Solo eso. 12 Solo bestias. Aquellas dos palabras consiguen desorientar todo mi sistema de creencias. El único tratamiento posible con las bestias es encadenarlas, alimentarlas y esperar que los estertores de una muerte prematura pongan fin a su sufrimiento. Como médico, en qué se supone que debe consistir mi labor? En asegurar que las cadenas continúan firmemente cerradas sobre las muñecas de aquellos enfermos? En golpearlos cuando necesitamos que se calmen? A eso voy a dedicar mi vida? El mundo está cambiando. La monarquía que tantos años arrojó luz y sombras sobre estas tierras ha sido brutalmente ejecutada, los revolucionarios asesinan a los monárquicos, mi patria está envuelta en guerras contra otras potencias y contra sí misma. Sobrevivir en estos tiempos es todo un privilegio. No hay tiempo ni momento para dedicarse a placeres sibaritas. Quizá por eso centro mi esfuerzo y mi atención en mi trabajo y, en lugar de representar el pasivo papel de cordero, decido salirme del redil. Empiezo a observar a las bestias. Decidido, inicio rutinas de observación sistemática de la conducta de los internos, ajeno a las burlas, comentarios y críticas de compañeros y celadores. Me bastan dos ensayos para dejar de referirme a ellos como animales. Parece tan obvio la causa que motiva esas conductas tan bizarras que me avergüenzo de mí mismo por no haberlo visto antes. La única forma de que les prestemos atención es comportarse de esa manera. Los que permanecen callados y sin hacer ruido son completamente ignorados, condenados a una vida de soledad y silencio. Los comportamientos atípicos del resto desaparecen al poco de observarles. Comienzo a percibir algo más que miedo hacia mí. Es curiosidad? No lo sé. Hago la ronda acompañado de dos celadores. Han aprendido a callarse en mi presencia, a no insultar ni importunar a los enfermos por diversión. Me ha costado un esfuerzo mayúsculo, pero al fin he conseguido que me vean como una autoridad. Sé que no les gusta estar conmigo. A mí tampoco me gusta estar con ellos. Sin embargo, estamos condenados a colaborar y, por suerte para mí y por desgracia para ellos, aquí mando yo. Al cruzar una esquina uno de los internos, encadenado a la pared con la ayuda de dos argollas firmemente sujetas, aprovecha su oportunidad y nos ataca. La longitud de las cadenas no le permite llegar hasta nosotros, así que gruñe, cae al suelo y grita incoherencias hasta que uno de mis acompañantes saca el garrote y le amenaza con él. Alto! le ordeno. La ira del celador me atraviesa los ojos, pero no cedo. Cojo una gran bocanada de aire y lo suelto lentamente. Estoy muy cansado. Sé qué hubiera ocurrido si yo no hubiera estado. Lo he visto otras veces. Aquel muchacho se habría llevado una paliza y, con suerte para él y total impunidad para sus asesinos, le habrían matado. Estoy cansado y decido que ya he tenido suficiente. Señalo al interno. Quítele las cadenas ordeno, ante la atónita mirada de los celadores. 13 Que le quite las cadenas? Se ha vuelto loco? Soy la única autoridad aquí y le ordeno que quite las cadenas a este hombre. Ahora! No pienso hacerlo. Puede buscar otro empleo, entonces sentencio antes de girarme hacia su compañero. Usted también desea perder su jornal? niega con la cabeza. Entonces quítele las cadenas. Tembloroso, el celador se acerca con más prudencia que arrojo al cuerpo del interno, pero antes de introducir la llave en la cerradura se permite el lujo de emitir nuevas y terroríficas advertencias. Si se te ocurre hacernos algo, loco demente, te meto este garrote por el... Ya basta! Nadie le hará daño digo. Ocurra lo que ocurra. Ahora suéltele. El celador le quita las cadenas y antes de que caigan al suelo pega un brinco hacia atrás y se aleja varios metros, garrote en ristre. El interno apenas se mueve. Solo se mira las muñecas confuso, antes de levantar la cabeza y fijar sus ojos en mí. Sonrío con toda la compasión que soy capaz de sentir, mostrar y transmitir. Quieres levantarte? pregunto. El interno duda unos instantes, pero finalmente asiente y con un gran esfuerzo se levanta. Me acerco a él sin dejar de sonreír y con extrema prudencia. No temo que me ataque, pero no quiero asustarle. Con suma delicadeza extiendo mi mano. Soy el doctor Philippe Pinel. Arséne Bossard responde. Es la primera vez desde mi llegada que uno de los internos me dice su nombre. Quizá el problema era que nunca antes se lo había preguntado. 14 Ha pasado un tiempo desde que quité mis primeras cadenas y he tenido que luchar mucho contra todo tipo de personalidades y representantes para quitarlas todas, pero lo he conseguido. No lo hubiera logrado de no ser por Monsieur Couthon, quien en su infinita benevolencia y sabiduría ha querido entregarme su apoyo. Hoy es un día especial, porque ha decidido, a pesar de sus visibles problemas de movilidad, acudir a ver los resultados. Tras la visita se le ve exultante. Nos sentamos en mi despacho, en dos cómodos sillones, y le ofrezco algo para beber. Me mira impresionado y sonriendo. Debo decirle que lo que ha hecho usted aquí es increíble. Gracias, Monsieur. Pero si me permite el atrevimiento... no lo comprendo. Como miembro del Comité de Salud Pública me he visto obligado a visitar numerosos manicomios y en todos ellos me aseguraron que, para evitar el uso de la violencia, el uso de cadenas era imperativo, doctor. Acaso sus internos son menos peligrosos que los de otros lugares? No lo creo, la verdad. El primer día que llegué aquí me advirtieron que trataría con bestias, así que durante un tiempo les traté como bestias y ellos respondieron como tal. Un día decidí tratarles como personas y... voilá! Empezaron a comportarse como personas. Pero qué me dice de su locura? Alguna razón habrá para tenerlos aquí internados! He descubierto que la locura no es una cuestión categorial. No existen locos y cuerdos. Hasta cierto sentido todos tenemos momentos de lucidez y momentos de oscuridad. Y sé algo más. Si nos centramos en la oscuridad, solo conseguiremos apagar más luces. Si nos centramos en la luz... bueno, todos los días amanece, no es cierto? 15
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