Alfonso Carrillo de Acuña, un arzobispo proconverso en la Castilla del siglo XV

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Alfonso Carrillo de Acuña, un arzobispo proconverso en la Castilla del siglo XV
  Carmen Gil Ortega 138 ISSN 1540 5877 eHumanista/Conversos  3 (2015) : 138-155 Alfonso Carrillo de Acuña : un arzobispo proconverso en el siglo XV castellano Carmen Concepción Gil Ortega (UNED) 1.   Introducción Alfonso Carrillo de Acuña (1413-1482), es uno de los principales personajes del turbulento siglo XV castellano. Su posición como arzobispo de Toledo  –  que lo es desde 1446  –  , le lleva a ocupar un lugar destacado en la agitada escena política de este reino durante cincuenta años, siendo una de las más destacadas personalidades de los sucesivos reinados de Juan II, Enrique IV y los Reyes Católicos. Tras su defección al comienzo del reinado de estos últimos y su alineamiento en el bando de la princesa Juana, una vez reconciliado con los nuevos monarcas fue injustamente olvidado y, lo que es peor, quedó oculto bajo la negativa propaganda isabelina, que, como bien sabemos, fue deliberada, consciente y profusamente utilizada. De hecho, algún cronista como Hernando del Pulgar llegará a hacer del pontífice el principal enemigo de los reyes y causante de la guerra civil castellana (Carrasco, 110-114). En cualquier caso son muchas las facetas de su vida y pontificado que han quedado difuminadas bajo los enormes esfuerzos propagandísticos de los ideólogos de Isabel y Fernando. Esfuerzos propagandísticos que han dado sus frutos en la historiografía posterior e, incluso, en la actual. Son muy escasos los estudios dedicados a este importante personaje y, aunque no es momento, por falta de espacio, de resumirlos aquí, brevemente señalaremos, aunque toda generalización puede pecar de injusta, que la clave de esa falta de interés o simple antagonismo que ha merecido este pontífice a lo largo del tiempo está relacionada con el uso, por parte de los escasos historiadores contemporáneos que le han dedicado su atención, únicamente de las crónicas y escritos contrarios a Carrillo  –   adversos, pero a los que se da toda credibilidad sin el más mínimo asomo de crítica  –  , dejando de lado la ingente colección documental que se conserva sobre el personaje y los documentos literarios relacionados con él. Pero, sobre todo, descartan el estudio de cualquier otra faceta de la rica y azarosa vida del prelado  –  especialmente el de su religiosidad y el gobierno espiritual y temporal de la archidiócesis  –  , con lo cual el cuadro que se nos pinta sigue estando incompleto y sesgado. Y es que Alfonso Carrillo, al margen de su actividad política y, podríamos decir, irremediablemente unido a ella, era un hombre de Iglesia, culto y tolerante, al que algún autor ha denominado ejemplo de obispo renacentista y reformador. Nacido en Cuenca en 1413, cuarto hijo del noble portugués exiliado Lope Vázquez de Acuña y de su segunda esposa, Teresa Carrillo de Albornoz, hija del ayo de Juan II, fue destinado  –  como era costumbre en la época  –   desde muy niño a la vida eclesiástica, ocupándose de su educación y su carrera el hermano de doña Teresa, el poderoso cardenal de San Eustaquio don Alfonso Carrillo de Albornoz. Será a la muerte de éste último cuando nuestro personaje adquiera “ visibilidad ” . Protonotario del papa Eugenio IV, formará parte de la embajada española en Basilea, será administrador y obispo de Sigüenza y culminará su carrera eclesiástica con el nombramiento en 1446 para la archidiócesis más extensa, rica e importante de todos los reinos hispanos, la de Toledo, cuya titularidad ostentará hasta el año de su muerte, 1482, siendo su pontificado uno de los más largos de la historia de la misma. No debemos olvidar, por tanto, que ese simple hecho le convertía en la persona más poderosa después del rey y del príncipe de Asturias en la Corte castellana por señoríos y rentas, y que no era un mero pastor de almas: era, además, primado de las Españas y canciller mayor de Castilla. Así, este breve artículo tratará de dilucidar su  Carmen Gil Ortega 139 ISSN 1540 5877 eHumanista/Conversos  3 (2015) : 138-155 posicionamiento ante la problemática conversa, y, en estrecha e indisoluble unión con ella, ante la Inquisición. 2.   La problemática conversa Mayoritariamente se ha venido sosteniendo la idea de que el denominado “problema converso” tiene su srcen en los disturbios y posteriores bautizos forzosos que tuvieron lugar en 1391. Sin embargo, con anterioridad y posteriormente se produjeron muchas conversiones, en gran parte motivadas por la catequesis de los predicadores cristianos y por la defección de grandes figuras del judaísmo (Roth, 21 ss). Obviamente, no podemos  –  y más adentrándonos en una cuestión tan personal y recóndita como la de las creencias del individuo  –   soslayar el hecho de que muchas de esas conversiones serían insinceras, pero parece evidente que la mayoría sí lo fueron. En cualquier caso, es incuestionable que estos neófitos tendrían que enfrentarse a la vez a la enemiga de sus antiguos correligionarios, los judíos, que los consideraban “mesumadim” o apóstatas, distintos de los “anusim” o convertidos a la fuerza y oculta mente fieles a la ley mosaica; así como a la de los nuevos, los cristianos, que veían cómo, tras dejar su antigua fe, los recién bautizados ocupaban puestos clave en el gobierno y administración del reino, de las ciudades y, por supuesto, de la Iglesia, puestos que anteriormente les habían estado vedados por su creencia judaica. La situación daría un vuelco radical hacia peor con la revuelta de Toledo de 1449, encabezada por Pero Sarmiento, y que tan magistralmente ha sido descrita por Eloy Benito Ruano (33-82), y de la qu e se considera su continuación natural, el llamado “fuego de la Magdalena” del verano de 1467. A unque se considera que ambas están determinadas por el componente religioso, parece más acertada la opinión de aquellos autores que consideran que las dos fueron asonadas políticas insertas en las guerras de bandos que asolaron las tierras castellanas durante todo el siglo XV y en las que se instrumentalizó la religión (López Gómez, 509) aprovechando las facciones en liza las bajas pasiones que desataba el tema en cuestión. No obstante, no podemos obviar que las dos  –   sobre todo la primera  –   tendrían serias y profundas consecuencias para el tema que estamos estudiando. La toledana de 1449 es una auténtica rebelión social y demagógica ocasionada, al parecer, por una arbitraria exacción fiscal. La revolución popular se apoderó de la ciudad y no temió enfrentarse a su soberano; pero, claro está, así presentada, la rebelión no tenía ningún tipo de justificación ante el reino. Esa es la razón por la que sus dirigentes echaron mano del problema converso, para poder escudarse con él ante la opinión pública (Azcona, 483-484). Merece la pena destacar que esta primera rebelión de la ciudad del Tajo tendrá tres principales resultados: la aparición del primer estatuto de limpieza de sangre y de una literatura polémica en su doble vertiente, proconversa y anticonversa, y la fijación al más alto nivel de la postura de la Iglesia Católica. Pero, en cualqui er caso, con el “pogrom” toledano de 1449, el camino para convertir a los conversos en un sector social reprimido con dureza había dado su siniestro comienzo (Perea, 131-175). La llamada Sentencia-Estatuto de Pero Sarmiento, como decimos, prohibirá por primera vez en España a los descendientes de judíos el acceso a todos los cargos de relevancia política y eclesiástica, delimitando su presente dentro de la sociedad cristiana e introduciendo un determinante negativo, eterno e imborrable de la ordenación jerárquica de la sociedad, el linaje. Obviamente, el objetivo final no era otro que excluir a los  judeoconversos y a sus descendientes de la comunidad y “devolverlos a la periferia social a la que habían pertenecido cu ando practicaban la ley mosaica” (Amrán 2012, 204).  Carmen Gil Ortega 140 ISSN 1540 5877 eHumanista/Conversos  3 (2015) : 138-155 Por otra parte, tanto los sublevados como los que se oponían a ellos, comienzan un cruce de escritos y tratados que tendrán posteriores continuadores y detractores, fijando los principios básicos sobre los que se sustentarán las dos posturas enfrentadas a lo largo del siglo XV. La utilización en esta agria polémica de todo tipo de argumentos teológicos e histórico-jurídicos demuestran en último término el estado de escisión entre cristianos viejos y nuevos al que había llegado la sociedad castellana, cuestionándose la consideración de la sociedad como un todo unitario. Pero igualmente hemos de tener presente que la defensa de los judeoconversos y de su plena integración en la comunidad cristiana tuvo el reverso de los duros ataques hacia los judíos, acusados de contumacia religiosa (Cantera, 15-16). Los escritos “ anticonversos ”  se basaban en considerar a éstos malos cristianos, esforzándose por recopilar todos sus errores dogmáticos; los “nuevos” tendrían como meta destruir la fe y a los buenos creyentes; los descendientes de judíos son malos por naturaleza, lo cual impide que se comporten como auténticos creyentes y, por último, todos los actos cometidos contra los conversos eran justos dado que no son otra cosa que herejes. El contra-ataque proconverso argumentaba que con conductas como aquella se ponía en peligro la expansión de la Iglesia militante, pues cesaban las conversiones al entender los neófitos que iban a ser más perseguidos que cuando eran  judíos; calificándose de herejía los comportamientos de este tipo que deben ser rápidamente erradicados para evitar el contagio a la gente sencilla. En definitiva, los cristianos nuevos formaban parte de la cristiandad, que era una en la fe, lo que suponía que tenían los mismos derechos y deberes que los cristianos viejos (Amrán 2002, 35-56). Por último, ambas partes requirieron la intervención de la Santa Sede  –  lógico, tratándose de unos hechos que habían tenido una deriva religiosa tan acusada  –  , lo que obligó al Pontífice en aquel momento a pronunciarse a través de varias bulas, fundamentalmente la primera de ellas, la  Humani generis enemicus  en las que se fijaba la posición de Roma ante tan espinosa cuestión, declarando nuevamente la doctrina tradicional de la Iglesia: ninguna diferencia puede establecerse entre cristianos viejos y nuevos puesto que todos ellos forman una comunidad uniforme en el nombre de Cristo (Suárez, 93). Se equiparaban los actos de los rebeldes contra los conversos a aquellos llevados a cabo contra la fe y el clero en general, y el Papa los excomulgaba por todos los crímenes que habían cometido. La intervención de don Alfonso en todos estos hechos es prácticamente nula. No se encontraba en la ciudad en el momento de la revuelta y, lo más cerca que estuvo de ella, fue formando parte de la dirección de la hueste que se encontraba al lado del rey, sitiando Toledo. No obstante, y teniendo la ventaja de poder analizar el pensamiento y los hechos posteriores del arzobispo, creemos que toda esta polémica y, sobre todo, la fijación de doctrina del Pontífice  –  aunque éste después variaría sus posiciones  –   indudablemente debieron de influir en él, caso de que tuviera alguna duda al respecto. Caso distinto es el del fuego de la Magdalena. Tampoco se encontraba en la ciudad pues, al igual que ocurrió en 1449, se encontraba al lado del rey  –  en este caso Alfonso, el hermanastro de Enrique IV  –   durante el trascurso de los acontecimientos. Estaba en juego cuál de los dos reyes en liza controlaba la ciudad del Tajo, y Carrillo parece haber intervenido como mediador entre facciones (Sicroff 1985, 51 ss). Pero disponemos de varios documentos que pueden ser indicativos de su postura. El fuego de la Magdalena es una manifestación más de las luchas de bandos que asolaban las ciudades castellanas en aquella época. En Toledo los bandos en liza eran los de los Ayala y los Silva. En este caso concreto, la asonada partió de la propia catedral capitaneada por un Ayala y venía precedida de importantes disturbios que habían alertado a los conversos, los cuales, por su parte, y temiéndose  –  con razón  –   cómo podían terminar de mal las cosas para ellos, se habían armado fuertemente y se habían adherido al bando de don Alfonso de Silva, conde  Carmen Gil Ortega 141 ISSN 1540 5877 eHumanista/Conversos  3 (2015) : 138-155 de Cifuentes, y sobrino carnal de nuestro arzobispo (era hijo de la difunta hermana de don Alfonso, Leonor), a lo que habría que sumar que seguía la parcialidad del rey Alfonso en la que militaba, como hemos visto, de una manera destacada, Carrillo. Con ello, Cifuentes, al menos numéricamente, se encontraba en disposición de disputar el poder en la ciudad a los Ayala. De hecho, el joven rey llevaba meses intentando garantizarse la obediencia de Toledo mediante el establecimiento en el gobierno urbano de personas afines a su causa que pudieran oponerse a los partidarios de su hermanastro (López Gómez, 510). La no discriminación, que era norma del pontífice toledano, y no sólo la necesidad política, debió de predisponer a su sobrino para que no tuviera reparos en aliarse con los conversos de la ciudad. Pero es que, además, siendo el principal consejero del joven monarca, debió de influir asimismo en la respuesta que éste dio a los “cristianos viejos” o “lindos”, negándose a confirmar la propiedad  de los bienes sustraídos a los conversos, a pesar de lo mucho que tenía que perder: En este tiempo, el común de la çibdad de Toledo enbió a suplicar al rey don Alonso por sus mensajeros que le pluguiese aprobar todas las cosas que en aquella çibdad eran fechas contra los conversos, e hiziese merced a los que poseyesen; a los quales el rey respondió que no pluguiese a Dios quél aprobase petición tan injusta e tan inicua, que su yntinción no era agraviar a ninguno ni tomar a persona lo suyo sin justas causas, siendo los tales oydos. E dixo el alcalde Fernán Sánchez Calderón, que era principal mensajero: -   Bachiller, mucho soy maravillado de vos, por ser hombre letrado, de buena fama, e acetar tan ynfame e deshonesta enbaxada, suplicándome que yo diese autoridad a los malos; no solamente aprobando su maldad, mas que se le diesen las faziendas de los robados. El qual respondió al rey; que non pluguiese a Dios quél oviese tomado aquel cargo, salvo por aver lugar de manifestar a su ecelencia los malvados robadores, los quales afirmaban que si lo por ello demandado no les torgaban, que darían la obediencia al rey. Al qual el rey respondió: -   Fagan lo que quisieren, según su maldad, tanto que no sea a cargo mío. E yo como a malos los entiendo de castigar, que non es mi voluntad de fazer merçedes a los malhechores. Asaz les debe bastar que las cosas tan mal fechas por ellos pasen so yo haya de confirmar, deshonestas e torpe cosa sería… (Valera, 133-135). 3.   El círculo literario del arzobispo Carrillo Obviamente, sabemos que el mecenazgo artístico fue un rango distintivo de reyes, nobles y prelados de alto rango durante toda la Edad Media. En el caso de los miembros del estamento eclesiástico, estamos en condiciones de señalar que fueron el sostén indispensable para el desarrollo de la creación literaria: eran hombres instruidos en los cuales años de riguroso estudio habían hecho surgir la ambición tanto de difundir sus propias ideas como la de apoyar aquellas otras que consideraban provechosas (Herrán, 86). Carrillo es también, antes de 1475, un claro ejemplo de mecenas y su círculo una clara prolongación del de el marqués de Santillana tras su muerte en 1458. De esta corte arzobispal formarán parte el jefe de sus ejércitos, Gómez Manrique, y alguno de sus familiares, lo que explica el cultivo en la misma de lo puramente trovadoresco; de forma más o menos esporádica los “bufones” conversos Antón de Montoro y Juan de Valladolid o Juan Poeta y, sobre todo, letrados conversos propiamente dichos como su contador  Carmen Gil Ortega 142 ISSN 1540 5877 eHumanista/Conversos  3 (2015) : 138-155 mayor Pero Guillén de Segovia, Álvarez Gato y Rodrigo Cota, además de clérigos humanistas  –  como el propio arzobispo  –   conversos o no, como Díaz de Toledo, Juan de Mazuela y Alfonso Ortiz en su época juvenil, Francisco de Noya, así como otros autores que le dedicaron sus obras como Alfonso de Palencia, Alfonso de Toledo y Pedro Jiménez de Rejano. Está claro que lo puramente trovadoresco sería secundario, predominando lo humanista erudito y abogando por un cristianismo auténtico que tenía como filosofía de la vida la influencia predominante de San Pablo y de Séneca que hubiera podido servir para resolver las diferencias entre cristianos viejos y nuevos, trazando un programa de restauración de la vida política basado en el seguimiento por parte de los reyes de las virtudes teologales y cardinales. Pero es que, además, las ideas predominantes en la corte arzobispal seguían una línea humanístico-cristiana consistente en ilustrar la sabiduría antigua con el pensamiento cristiano en consonancia con la tradición medieval clásica, junto a una posición milenarista y profética en relación al futuro en la esperanza de que la nueva monarquía restaurase lo perdido en la degradación social del reinado de Enrique IV. En este sentido, la defensa que el círculo de Carrillo hace de las virtudes, especialmente de la caridad, iría a favor de la sociedad estamental como organismo de base ético-religiosa que impediría cualquier tipo de discriminación entre cristianos (Moreno 2001, 68-100 y 1989, 65-77). La importancia de las virtudes en el ideario del círculo la veremos reflejada en el hecho de que el magnífico sepulcro arzobispal de alabastro en estilo gótico florido encargado poco antes de su muerte y prácticamente destruido durante la guerra civil (1936-1939), tiene como tema principal precisamente el de las virtudes, en concreto las virtudes cardinales: Justicia, Fortaleza, Prudencia y Templanza, veredas o caminos hacia lo eterno. Además, y de mayor importancia, hemos de apuntar otra formulación teórica del círculo, aun cuando luego volvamos sobre el tema: partiendo de la subordinación de lo ético a lo político-religioso se afirma el control ideológico de la Iglesia sobre el Estado en los términos de la tradición medieval, con el mantenimiento de sus respectivas parcelas de poder. O, dicho en otros términos, eran partidarios del mantenimiento de la independencia de la Iglesia y de su poder respecto de la corona. Por ello, es necesario interpretar sus rebeldías políticas a la luz de esta nueva interpretación, una forma de oponerse a los intentos del poder civil de rebajar las preeminencias eclesiásticas, aunque el círculo literario del que partió esta formulación resultaría a la postre un pobre apoyo para el arzobispo, pues todos sus miembros, salvo el propio prelado, se mantendrían firmes en su lealtad a Isabel y Fernando. Sin embargo, mayor importancia tienen a nuestros efectos las obras compuestas bajo el mecenazgo del pontífice y que directamente se dirigen a defender a los conversos. Ambas obras son prácticamente desconocidas y ambas están dedicadas a Alfonso Carrillo. Nos referimos al  Breve reprehensorium adversus quosdam fratres religiosos , del que sólo queda un ejemplar manuscrito en la Biblioteca Capitular de Toledo con la signatura 23-7, nunca editado, atribuido al bachiller Gutierre de Palma (Gonzálvez, 47-59). Pero, sobre todo, nos referimos a la obra del padre general de la Orden de San Jerónimo, fray Alonso de Oropesa y amigo íntimo del arzobispo (Palencia, 24),  Lumen ad revelationem gentium et gloriam plebis Dei Israel , que lleva el expresivo subtítulo  De unitati fidei et de concordi et pacifica aequitate fidelium , y que es uno de los tratados teológicos más importantes del siglo XV. La pretensión del autor no es otra que la protección de los cristianos nuevos frente a los ataques de los cristianos viejos, subrayando la igualdad de todos los fieles dentro de la Iglesia única de Jesucristo. De los cuatro manuscritos de los que se tiene noticia que contenían la obra el de El Escorial se encuentra actualmente perdido y el de Salamanca es una copia del manuscrito de Guadalajara. El de la Biblioteca Ambrosiana de Milán (A.3, inf.) es, evidentemente, el
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