AGRADECIMIENTO. Luis Villoro Torazo. Doctor Luis Mier y Terán Casanueva, Rector General de la Universidad Autónoma Metropolitana;

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AGRADECIMIENTO Luis Villoro Torazo Doctor Luis Mier y Terán Casanueva, Rector General de la Universidad Autónoma Metropolitana; Luis Villoro Toranzo es doctor en filosofía por la UNAM. Fue fundador de
AGRADECIMIENTO Luis Villoro Torazo Doctor Luis Mier y Terán Casanueva, Rector General de la Universidad Autónoma Metropolitana; Luis Villoro Toranzo es doctor en filosofía por la UNAM. Fue fundador de la UAM en 1974; más tarde integró su Junta Directiva. Formó parte del grupo Hiperión, pensadores que se preocuparon, sobre todo, por la filosofía de lo mexicano. Ha publicado más de 15 libros de filosofía. Doctor José Lema Labadie, Rector de la Unidad Iztapalapa de la UAM; Maestro Víctor Manuel Sosa Godínez, Rector de la Unidad Azcapotzalco de la UAM; Maestro Norberto Manjarrez Álvarez, Rector de la Unidad Xochimilco de la UAM: Este acto, al otorgarme este singular honor, no expresa un reconocimiento por mi obra sino, ante todo, por la obra colectiva de todos los profesores, investigadores, estudiantes y trabajadores que, con su dedicación personal, han conseguido que la Universidad Autónoma Metropolitana sea un logro espléndido en la educación superior en nuestro país. A todos ellos y cada uno de ellos está dedicado con mi emocionada gratitud. Nuestra Universidad está consagrada a una actividad que le da sentido: el ejercicio y la propagación del conocimiento TIEMPO 96 MEMORIA científico. Permítanme, entonces, en esta ocasión, hacer una confesión. Lo que ha dado sentido a mi vida, tanto académica como personal, podría verse como un intento para acercarme a responder de algún modo a las preguntas que, creo, están en origen y en el fin de toda ciencia; pues bien, son esas preguntas las que, en la perplejidad y la duda, plantea la filosofía. Por eso quisiera que estas palabras en esta Universidad, cuyo fin es el cultivo a las ciencias, sirvieran de un homenaje a la filosofía. Permítanme recordar unas ideas que expresé en una celebración de la UNESCO. La filosofía, dije entonces, no es una ciencia al lado de otras; porque está en el origen y en el fin de todas las ciencias; de todas las que se imparten en nuestra Universidad. No trata, como las ciencias naturales o sociales, de un campo específico de la realidad, no intenta descubrir la naturaleza de los objetos físicos o sociales y las relaciones entre ellos, de explicar acontecimientos o de comprender las leyes que los rigen. Pero si su campo de estudio no es una esfera específica de la realidad, cómo puede entonces suministrar algún conocimiento? Si la filosofía no es una ciencia al lado de otras ciencias, es porque se sitúa en el inicio y en el fin de toda ciencia. Todo conocimiento nace de una pregunta y sólo puede desarrollarse si la pregunta es conforme a la razón, esto es, si tiene sentido plantearla y si puede dar lugar a algún conocimiento. Antes de pretender conocer algo, tengo que preguntarme cuál es el conocimiento válido; antes de proponer soluciones, debo indagar cuáles serían las soluciones aceptables; antes de describir objetos y de formular explicaciones tengo que preguntarme en qué consiste una descripción consistente y una explicación fundada; antes de hacer algo, debo plantearme cuáles serían las acciones correctas. La filosofía surge de la perplejidad ante el mundo que nos rodea y de la duda ante todo conocimiento que pretenda comprenderlo. Su condición no es la seguridad que dan nuestras ciencias, sino la insatisfacción que incita a la interrogación permanente. Y es esa inseguridad la única que puede conducir a creencias fundadas. Con la filosofía nos encontramos también en el fin de todo conocimiento. Porque una vez que aceptamos un saber razonable, se presenta otra forma de perplejidad: para qué ese conocimiento? Qué sentido tiene? El campo de la filosofía está en lo que no puede decir ninguna ciencia, su campo es la pregunta por el sentido mismo de toda ciencia. Así, la filosofía no es una ciencia y sin embargo ninguna disciplina puede existir sin ella; porque la filosofía es el arte de las preguntas conforme a la razón y este arte está donde comienza y acaba toda ciencia. La filosofía no es una doctrina, es una actividad que pone TIEMPO 97 MEMORIA en cuestión las doctrinas aprendidas sin justificación. Por eso, no es exclusiva de una profesión, está en toda actividad racional, en cualquier profesión, que lleve a su raíz el arte de interrogar. Kant asumia la filosofía en el planteamiento de tres preguntas: Qué puedo conocer? Qué debo hacer? Qué puedo esperar? A esas tres preguntas debe añadirse una cuarta: Quién es el que pregunta? O, si le damos un nombre al sujeto que pregunta: Qué es el hombre? Porque el ser humano podría definirse como el ente capaz de hacerse esas preguntas. Todo animal conoce, todo animal sabe actuar y anticipa algo que espera, pero es exclusiva del animal humano preguntarse por lo que puede conocer, por cómo debe actuar y qué puede esperar. Sólo el hombre pregunta sobre sí mismo, sólo el hombre filosofa. Las cuatro cuestiones de la filosofía no conforman una disciplina de conocimiento al lado de otras; son condiciones que hacen posible cualquier conocimiento. La filosofía no es una ciencia; pero está en el fundamento y en el fin de toda ciencia; toda actividad genuina de conocimiento la implica. Qué podemos conocer? Es nuestra primera pregunta. Cuando cualquier científico deja de buscar una solución a un problema específico, aplicando los conocimientos aprendidos de su ciencia, y se detiene un momento para interrogarse qué es lo que, en general, puede conocer su ciencia, cuáles son sus límites; cuando suspende la aplicación de los principios y procedimientos de explicación que le han enseñado y se pregunta por los fundamentos de esos principios y por la justificación de esos procedimientos, en ese momento el científico está haciendo filosofía. En el instante en que, en la soledad y el silencio, se formula la pregunta decisiva: Qué estoy haciendo? Para qué todo esto? Tiene algún sentido? En ese instante el científico se convierte en filósofo. La filosofía no es una parte de una ciencia, es cualquier ciencia cuando tiene por tema su fundamento y su sentido. Qué debemos hacer? Pregunta también el filósofo. Una vez más esa cuestión está en el inicio y en el fin de todo saber sobre la vida humana. Todos seguimos, sin demasiada reflexión, reglas y formas de conducta aprendidas en sociedad, todos nos orientamos desde la infancia por valores morales inculcados por los demás. Pero todos somos capaces de detener nuestro curso y preguntarnos: Son esas reglas aprendidas las que en verdad debo seguir? Por qué tengo que seguirlas? Por qué esos valores aceptados y no otros? Todo hombre o mujer, al hacerse esas preguntas, está haciendo filosofía. Qué podemo esperar? Nacemos en un mundo donde ya se nos indica cuál es nuestro destino. Toda cultura nos dice qué anuncia el universo y qué nos espera, en la vida así como en la muerte. Esa es la palabra de las tradiciones, de los mitos, de las religiones. En su seno, en la angustia de quien busca la lucidez, puede surgir la cuestión: Por qué esperar lo que se nos anuncia? Podemos, en general, esperar algo? Y, en ese caso qué? Al plantearnos esa duda, transitamos de la convención a la filosofía. Por último, ninguna ciencia tiene manera de responder con certeza por qué la persona humana es alguien que necesita, para paliar su perplejidad ante el mundo, plantearse preguntas. En qué consiste, en suma, el ser de ese animal, el único entre todos, en cuestionarse el sentido de su propia existencia? En esas preguntas que planteaba Kant se resume la filosofía. En universidades se ofrecen programas de asignaturas que reciben el nombre de carreras de filosofía. En ellas se puede estudiar la tradición de las ideas filosóficas. Pero sólo cumplen su función si permiten abrirnos hacia esas preguntas fundamentales que cada quien debe plantearse por sí mismo. Porque la actividad filosófica auténtica no puede reducirse a una profesión que recibe un membrete. Puede surgir TIEMPO 98 MEMORIA en cualquier curso de la vida, en cualquier ocupación, en todo hombre o mujer. En la vida cotidiana solemos vagar olvidados de nosotros mismos. Seguimos lo que se dice, lo que se usa, sin ponerlo en cuestión. Nuestras opiniones son las aceptadas por todos, nuestras formas de vida, las convenidas. Es un actitud espontánea, natural, en que nuestra existencia sigue el marco de lo que está dado, lo que la tradición, la costumbre, la sociedad nos señala. No somos nosotros, somos lo que los demás nos indican. Pero, en esa actitud natural, podemos acceder a un momento de reflexión. Podemos cobrar conciencia de que es posible otra actitud: la actitud de poner en cuestión. Es la posibilidad de la crítica. Entonces, al abrirnos a las preguntas, podemos abandonar la actitud natural y ponerla a prueba bajo el temple progresivo de la reflexión crítica. Ese es el inicio de la actitud filosófica. Sin ese paso, la vida seguiría de largo, en la inconsciencia, en la conformidad satisfecha ante cualquier situación que nos haya sido deparada. La filosofía no es más que ese paso: es el arte de plantearle al conformismo las preguntas susceptibles de incomodarlo. Gracias a ella, podemos empezar a liberarnos de la esclavitud a las opiniones e intentar la difícil senda por la que podamos vislumbrar, en la inseguridad, nuestras propias verdades. Toda crítica frente a lo que se da por sabido, toda puesta en cuestión sobre lo incuestionado, toda voluntad de autenticidad y de cambio, tanto en la vida personal como en el curso de la sociedad humana, no es posible sin ese inicio en el despertar de la propia razón. Y en eso consiste la actitud filosófica. Así, la filosofía debe cumplir una función indispensable en nuestra sociedad, en toda sociedad: una función de resistencia crítica frente al poder y a las convenciones aceptadas desde el poder. La filosofía trata de enseñar también un arte de vida, el arte de no someterse, sin cuestionarlas, a las convenciones vigentes, el arte de seguir el camino que dicta la propia verdad, sin plegarse a los engaños con que suelen disfrazarse los poderes existentes. Si la filosofía puede ser un arte de vida, preguntémonos ahora, para concluir, qué función puede cumplir en una universidad? No preguntamos, por supuesto, por la enseñanza de los cursos de filosofía en las aulas, sino por la aspiración a la sabiduría que podría impregnar una vida entera. Pues bien, la universidad es una institución en que se da una tensión permanente entre las estructuras del poder político y social y su tendencia a la realización de valores. Entre el poder y el valor se abre el campo en el que existe la universidad. Por una parte, las universidades dependen del poder económico, de los recursos que reciben de los gobiernos, del poder social, en su aceptación y en su participación en la sociedad, del poder político en su sostenimiento desde el Estado. Desde sus orígenes, las universidades fueron instru- TIEMPO 99 MEMORIA mentos del poder, de la Iglesia en unos tiempos, de los duques y príncipes en otros, de las clases burguesas, mercantiles, más o menos ligadas a empresas, ahora. Las universidades han sido siempre aparatos estatales para el poder. La universidad es un aparato ideológico. Por ello diseña y favorece mentalidades que no pueden menos que inclinarse ante el sistema de poder existente. Justamente por eso son necesarias a toda sociedad. Porque pueden ser influidas por el poder, pueden ser útiles a la construcción de una estructura social. Sin embargo, la universidad se caracteriza por la tensión entre la obediencia al poder y la tendencia a escapar de él. Entre todas las estructuras del poder es la menos apta, la más díscola a obedecerlos. No sólo en los regímenes autoritarios y dictatoriales, en los que el poder ahoga toda disidencia, sino aún en los regímenes democráticos subsiste esa tensión entre la obediencia al poder y la resistencia a él. Sólo podemos estar dominados por el poder mediante la afirmación, sea pública o íntima y personal, de los valores que trascienden al poder. La universidad es la institución que hemos inventado para poder trascender el poder mediante la afirmación de los valores que escapan al poder. Por ello sólo puede subsistir en tensión entre el poder y el valor. El sociólogo Roger Bartra ha estudiado las redes imaginarias del poder que forman parte de una sociedad. La cultura es una sociedad se manifiesta en redes que la cubren, pero esas redes son imaginarias, porque no describen las relaciones reales tal como de hecho se dan, sino las relaciones posibles en que puede darse el poder. La imaginación es, en efecto, la facultad capaz de concebir una región que, más allá de la dominación, proyecta mundos posibles, libres del poder efectivo, aun opuestos a él. La imaginación es el campo de lo posible, donde cabe lo opuesto a la dominación, donde cabe, al menos, escapar. ( Si una ciudad estuviera gobernada por hombres de bien decía Sócrates maniobrarían para escapar del poder como ahora se maniobra para alcanzarlo. Lo que Sócrates decía de la ciudad podría referirse también a sus instituciones). Las redes imaginarias de que hablaba Bartra son las mediadoras en la sociedad entre el poder y los valores que se realizan en las universidades. Son las mediadoras en el co- nocimiento. Por una parte, en la ciencia y la técnica, cumplen una inapreciable papel en el dominio del hombre sobre la naturaleza y la sociedad; son el mayor aparato de dominación moderna. Por otra parte, abren la posibilidad de que la razón, en las llamadas revoluciones científicas, rompa las convenciones aceptadas, proponga vías innovadoras y acceda a una posibilidad infinita de variantes de la comprensión de la realidad. Las redes imaginarias del poder son también las mediadoras en la creación artística, en la que los valores de la armonía, la expresividad de la fantasía y la ruptura con la realidad convencional son movidas por el desinterés estético. Por último, las redes imaginarias se escapan también al poder en la invención y construcción de las formas de la vida buena y, tal vez, en la vida consagrada a lo más alto. En todo ello, es la capacidad de imaginar lo otro, otra vida, a la que se opone el dominio del poder. Podríamos decir que la realización de los valores es lo contrario al ejercicio del poder. En una sociedad democrática la universidad es el campo donde rige una tensión: la tensión entre el poder y la necesidad de apartarse de él. Porque la universidad expresa a la vez las necesidades en el ejercicio de un poder y las que lo eluden. La universidad es, en suma, la única institución pública que, formando parte de la estructura del poder, sostiene la necesidad en ella de la presencia permanente del valor que trasciende a todo poder. Por eso puede participar en la realización del proyecto de una sociedad emancipada del poder. Y es por eso que la universidad es el campo donde es posible atender al amor a la sabiduría, la filosofía. Al reconocer el valor de la actividad filosófica, la universidad alcanza la raíz de la educación superior que le está encomendada. También levanta ante la sociedad la existencia del pensamiento crítico frente a las creencias aceptadas sin discusión. Por eso toda actitud filosófica, si es auténtica, puede estar, como la universidad misma, por encima del poder. Recibo esta honrosa distinción como un compromiso personal ante los profesores, investigadores, estudiantes y trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana: la de dar un testimonio permanente de su amor a la ciencia, pero también de su amor a la sabiduría. TIEMPO 100 MEMORIA
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