LA HISTORIA COMO FUENTE: EL USO DEL TESTIMONIO EN EL PROCESO DE APRENDIZAJE DE LA HISTORIA

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LA HISTORIA COMO FUENTE: EL USO DEL TESTIMONIO EN EL PROCESO DE APRENDIZAJE DE LA HISTORIA Di Renzo, Cristian; Mosiewicki, Francisco Universidad Nacional de Mar del Plata
LA HISTORIA COMO FUENTE: EL USO DEL TESTIMONIO EN EL PROCESO DE APRENDIZAJE DE LA HISTORIA Di Renzo, Cristian; Mosiewicki, Francisco Universidad Nacional de Mar del Plata Resumen El siguiente texto se plantea como una continuación de trabajo comenzado un año atrás y que ha tenido como objetivo la revalorización de las experiencias personales, de los familiares de los estudiantes a la hora de emprender el estudio de un período histórico. Dado que el desarrollo analítico que nuestro grupo ha encauzado ha tenido por objetivo el revisar esta metodología dentro del espacio del aula universitaria, la finalidad que ahora nos hemos propuesto radica en extender su validez y efectividad al salón de clases de la escuela media. Las dos experiencias desde las que se ha partido corresponden a los casos de Assunta Fosco que habitó la República de Salo en las postrimerías del régimen fascista, y la de María Schneider que vivió la guerra civil en tiempos de la revolución Rusa. La particularidad de estos relatos, además de que aportan una visión de la historia distinta a la que los manuales utilizados en la secundaria permiten alcanzar a los alumnos, es que la cercanía de estas mujeres, nuestros sujetos operatorios pretéritos (Moradiellos, 2001) son familiares de quienes han recuperado sus relatos, acercando ese devenir histórico al presente y haciéndolo cercano y propio con la cotidianeidad del estudiante, es decir, otorgándole un sentido de pertenencia. La imprescindible contextualización cuida de no ejercer violencia sobre la riqueza de los relatos, sobre cuyos dichos se ejerce una labor de crítica restitutiva de sentido empírico que tiene en cuenta el paso del tiempo y el cambio de circunstancias de vida de los entrevistados. La elaboración demuestra las considerables distancias que guardan los testimonios de esta gente sin historia respecto de las percepciones agregadas en los relatos de nuestras universalidades. Palabras clave: testimonio; aprendizaje; historia; memoria. Ver el pasado por el presente La pérdida de sentido y solidez es una de las principales consecuencias que sufre la escuela a partir de la denominada muerte o agotamiento del Estado-nación (entendiéndolo como un órgano productor de subjetividades, y como aquel que impone el lenguaje común a todas las organizaciones). A su vez, el Estado-nación se manifestaba como aquella metainstitución que le aseguraba a las escuelas su correcto funcionamiento, condiciones de operatividad y consistencia integral. La desaparición de la contención provocó que desapareciera la articulación entre las instituciones disciplinarias, y estas su vez estas quedaron en una situación de anomia (huérfanas) a partir de inexistencia de un ente regulador. Esta misma situación de anomia se termina trasladando a los estudiantes, que al percibir la debilidad del sistema educativo pierden interés o, simplemente, no se sienten identificados por lo que el docente (otro de los actores marcados por este proceso) transmite. En este contexto, Sandra Nicastro (2006) plantea la necesidad de volver a mirar la cotidianeidad escolar en clave política. De esta manera, significa repensar y volver a observar los distintos espacios, tramas y experiencias, y comprender que la cotidianeidad no representa la reiteración o la repetición sino aquello que se da día a día y que engloba a las distintas experiencias y a lo inédito. El dinámico espacio escolar representa para esas distintas experiencias el lugar de lo posible (de la igualdad), donde la prácticas, los encuadres de trabajo, la participación y los discursos se pueden establecer desde un perspectiva política, y pueden representar más que un hecho aislado. En este espacio de lo posible, señala la autora, acontece creación a pesar de que en la cotidianeidad se den distintas circunstancias (violencia o exclusión) que atentan contra dichas posibilidades. En este contexto, el trabajo con los testimonios permite tanto al docente como al alumno adentrarse en un punto no siempre abarcado del proceso de aprendizaje, es decir, el momento en el que ambos actores alcanzan una igualdad, donde el alumno se nutre de las experiencias de sus familiares y el docente entra en contacto con una realidad que le es ajena y, por lo tanto, es susceptible de ser aprovechada para generar conocimiento. Mediante los testimonios de los familiares, los estudiantes rescatan parte del capital cultural de sus antepasados y, a su vez, pueden llegar a aportar algo de luz sobre su situación presente. Marc Bloch (1982) no lo podría haber expresado mejor en su Introducción a la historia cuando afirma que es necesario comprender al presente por el pasado y viceversa. De esta manera, el esfuerzo de los alumnos al inquirir sobre el pasado de sus familias lo llevará por un camino de reestructuración de ese mismo pasado en función de dos variables principales. En primer lugar, el presente del entrevistado, que determinará el punto de vista por medio del cual retornará hacia el tiempo pretérito que se desea revisitar. En segundo lugar, el presente del entrevistador, quien tendrá una serie de esquemas mentales (en el mejor sentido que pudiese otorgarle Pierre Bourdieu) que condicionarán la forma en que recibirá el relato familiar, texto oral que será reestructurado por ese alumno a la hora de ser plasmado en el papel. Así, el ejercicio resultante es doble: Por un lado el alumno se adentra de primera mano en un período histórico que le es ajeno, período que apreciará en una mirada desde abajo (Sharpe, 1993) y protagonizada por actores que podrían ser demarcados, en palabras de Eric Wolf (2005), como la gente sin historia, es decir, aquellos que los grandes procesos han dejado excluidos de los libros de estudio. Por otro lado, tanto docente como alumno podrán realizar un esfuerzo crítico sobre la sociedad presente en la que se insertan y la forma en que el pasado ha moldeado esa sociedad. Entonces, el proceso de enseñanza se tornará en proceso de aprendizaje para ambos, ya que a los interrogantes que planteará el relato del alumno el docente sumará los suyos y, si bien no siempre es posible arribar a una respuesta satisfactoria, el alumno podrá abandonar el salón de clases sabiendo que ha realizado un trabajo consciente, desde una realidad política determinada y que le ha brindado ciertas herramientas ante las cuales podrá recurrir a la hora de abocarse a la tarea que es abordar el complejo escenario de la vida cotidiana. Rojo 21 Por Francisco Mosiewicki Nevaba aquella noche de 1921 en la cruel patria oriental. La joven miró sus manos mientras las fregaba con frenesí en la aljaba de su cuarto. Su marido no estaba. Se había marchado en busca de los pasajes de tren que necesitarían para ir a visitar a su hermano. Sentada cerca de ella se encontraba Natasha, su vecina, aquella con la que había compartido tantos sufrimientos durante la guerra. Esa maldita guerra. Su nefasta sombra se negaba a irse. La muerte rondaba por Europa y marcaba con sangre y fuego a la amada y sufrida Rusia. La joven se llamaba María y hacía tan sólo unos momentos había participado del asesinato de una división entera de cosacos. La mañana anterior se había mostrado inocente, ahora la recordaba burlona, como riéndose de ella por haber conocido su destino y no haberse dignado a revelarle aunque sea una parte de su cruel designio. Magra fortuna. Luego de levantarse, había contado los víveres que les quedaban. No llegarían al fin de semana. Su cría lloraba en la cuna, tenía hambre pero, cómo puede el alimento materno nutrir, cuando la misma madre no tiene qué comer? Tras preparar una insípida sopa (la misma que habían estado comiendo durante toda la semana), las tres se dispusieron en torno a la mesa. Natasha las acompañaba. Se habían vuelto cercanas tras la guerra. Su marido había sido una de las tantas víctimas del conflicto. Mientras sorbían el caldo conversaban con voz queda. A veces sus voces resultaban ahogadas por los gritos que los rusos blancos emitían desde la plaza del pueblo. La gente de María había sido víctima del conflicto intestino que asolaba Rusia desde 1917 y el poblado había sido tomado por las fuerzas contrarrevolucionarias. Nadie salía de noche. Pocos lo intentaban de día. Los cosacos, administradores del miedo, derrochadores de violencia, defensores de un régimen que probó ser obsoleto y opositores de otro que demostraría ser autodestructivo, vendían las promesas de bezopasnost (seguridad) y stabil nost (estabilidad), es decir, miedo y hambre. Muchos compraban esas mentiras, muchos se contentaban con una muerte lenta y dolorosa, con el deseo de un mañana mejor, un mañana que no llegaba nunca y que, ciertamente, no vendría después de hoy. Pero María era distinta. No porque tuviese una niña pequeña a la que alimentar, no porque ya no tuviese nada que perder, salvo su vida y la de sus seres queridos, no porque el miedo, a diferencia de la parálisis que infundía en otros, a ella la mantuviese aún más alerta; sino porque ella estaba dispuesta a hacer lo que fuese necesario con tal de cambiar esa situación, porque ella pertenecía a esa clase de gente, que habiendo nacido en aquel viejo continente, desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, cambiarían la forma de ver el mundo y lo dejarían todo por la promesa de una vida mejor, por la promesa que esas nuevas naciones ubicadas en el extremo más remoto del planeta, les suscitaban. Ya había comenzado a preparar su escape. Con la presteza digna de aquellos que están listos para enfrentar las vicisitudes más adversas, había vendido todos los bienes que le pertenecían y todos a los que tenía alcance. El nuevo régimen prohibía la propiedad privada, los artículos de consumo se compartían y se pagaban con trabajo, aunque ya nadie lo regulaba desde que los blancos habían tomado el pueblo. Aquella serie de estafas había propiciado el medio necesario para pagar el pasaje de dos personas hacia Moscú, donde el hermano de María los esperaba. Desde allí podrían decidir hacia dónde seguir, dónde embarcar y cómo León, su marido, atravesaría la frontera, por ser desertor de la guerra civil. María miraba por la ventana junto a la mesa. Ya casi no quedaban leños que quemar y pronto el frío invernal las devoraría, entonces comenzarían a consumir el vodka que les quedaba. Eso abundaba. Muchas veces, el Estado decidía repartirlo con tal de acallar a las masas o tan sólo con ánimos de mantener viva a la mano de obra. Toda esa situación la hacía sentir enferma. Entre tanto, una furia contenida crecía en su interior. Ese día anocheció temprano, siempre lo hacía en invierno, y ese invierno había sido particularmente cruel. La niña dormía en la cama de su madre y Natasha se disponía a marcharse a su hogar cuando la puerta resonó con tres potentes ruidos. Ambas conocían de memoria esa señal. Eran los soldados, que habiéndose quedado sin alcohol, buscaban obtenerlo del pueblo por cualquier medio. La última vez había sido terrible. Una mujer a dos casas de distancia se había opuesto a la injusticia siendo brutalmente agredida de la peor forma posible, terminando la velada con una bayoneta en las entrañas. El mensaje era claro: no se juega con los cosacos, y María se creía la última persona en el mundo capaz de enfrentarse a esa fuerza, no diabólica, sino humana, porque aquellos actos le son propios sólo al hombre. Esa creencia estaba por cambiar. La puerta resonó por segunda vez y Natasha se apresuró a abrirla, antes de que la culata de aquel fusil la sacara de los goznes. Seis hombres se lanzaron sobre la morada revisando baúles y recovecos en busca del vodka al tiempo que María, sin pensarlo, avanzaba hacia la cocina y volvía con un pesado cajón con cinco botellas. Así repitió la operación hasta que vació las reservas que su marido había estado guardando para el mal tiempo. En pocos instantes ambas mujeres fueron desplazadas a los golpes hacia un rincón de la casa mientras los cosacos despilfarraban el alcohol en el lapso de lo que dura un turno en la guardia nocturna. Sin embargo, la incursión no terminaría allí. Los deshumanizados soldados volvieron por más. Esta vez ansiaban carne, aunque estaban demasiado ebrios como para poder coordinar sus movimientos. Al primer intento de incorporarse, el más grotesco de los asaltantes tiró el candil de la mesa y la estancia se sumió en la penumbra. Hacía ya un rato que la última braza se había consumido en el hogar. La lámpara estaba hecha añicos y María no tenía otra para reponerla. A través de la luz que entraba por la puerta entreabierta pudo percibir a una Natasha paralizada por el miedo, tiritando por el frío, sin poder reaccionar ante el ogro que se abalanzaba sobre ella. Entonces, algo estalló en su interior. Corrió hacia la cocina y tomó el cuchillo de cortar vegetales que aún estaba sucio desde la mañana, cuando había racionado el último nabo para preparar la sopa, y volvió al comedor. Los desesperados manotazos que desplegaba su vecina le confirmaron que la pobre había vuelto en sí, de modo que no dudó en actuar. Avanzó sobre el primer atacante y le propinó una estocada sobre la espalda. La hoja resbaló sobre el coleto de cuero sin hacer daño, y el agredido se volteó para ver la razón de su molestia. Enceguecida, María descargó otra puñalada sobre el pecho del hombre. Esta vez, la hoja penetró hasta el mango. Otro de los agresores, que había llegado a la rastra hasta ella, la tomó por el tobillo buscando arrojarla al suelo. Sin poder recuperar la hoja del cuerpo donde había quedado aprisionada, le propinó un puntapié en el rostro con tal fuerza que tanto el sueco que llevaba como la mandíbula de su atacante se quebraron. El hombre se desplomó hacia atrás gimiendo de dolor, mientras dos de sus compañeros, a los que el alcohol no había dejado inconscientes, buscaban socorrerlo. Uno fue más veloz. Desenvainó un cuchillo de caza y buscó atravesar a la dolorida María, que retrocedía rengueando con el pie herido. Ya se veía muerta, desarmada como estaba, cuando un estruendo a su izquierda la ensordeció. Avanzó entonces Natasha, con el fusil descargado en sus manos, hacia el hombre que se retorcía en el suelo tras haber recibido aquel disparo en el pecho. Nunca se había sentido tan poderosa y ahora quería disfrutarlo. No era como María. Siempre manteniendo el perfil bajo, siempre obedeciendo. Era feliz con lo poco que tenía y la guerra se lo había arrebatado todo. Ahora le tocaba a ella. Miró al soldado. La sangre manaba copiosa de la herida y el hombre suplicaba por clemencia. No se lo merecía. Su compañero retrocedía hacia la puerta y reconociéndolo como aquel que había violado a su vecina corrió hacia él. María no pudo mirar aquello. Sólo llegó a escuchar el ruido que la bayoneta de aquel fusil emitía al entrar y salir del vientre de aquel hombre. Tras terminar con su objetivo, Natasha se volvió hacia María con otro fusil y se lo entregó. Esa mujer ya no era la sumisa vecina que había conocido. Algo oscuro también se había despertado en ella y la había impulsado a buscar la justicia que el mundo entero les había negado. Ya no había vuelta atrás. Tomó entonces el arma y juntas remataron al resto, incluyendo a los dos imbéciles que, por efectos del vodka, habían permanecido inconscientes, ajenos a la masacre, creyéndose a salvo, capaces de esquivar a la muerte. Con la misma presteza que los despacharon, los arrojaron uno por uno al sótano de la casa, donde ya nadie los encontraría. La luna iluminaba el cuarto mientras María se limpiaba las manos. La sangre había salido ya, pero ella aún sentía el olor a muerte. Ese olor que se había apoderado del viejo mundo, que se alojaba en las piedras, en los árboles, en el paso y en la nieve, en el cielo y en la tierra, pero sobre todo, en los hombres. León llegó a la mañana siguiente. Abrazó a su mujer, la besó y la abofeteó. Tales eran los sentimientos que lo embargaban. Ese mismo día huyeron en busca del hermano de María. Mientras los tres dejaban el pueblo, la joven pudo ver a Natasha, fusil en mano, arengando a sus vecinos para que tomasen las armas y las riendas de ese pueblo que se moría, junto con la agonizante Besarabia en aquella guerra intestina que durante el frío invierno de 1921, se había cobrado otra víctima, la inocencia de aquellas dos mujeres. Mediante la lectura del relato, es posible generar un acercamiento a ese período tan particular que fue la guerra civil rusa ( ). La perspectiva del narrador proporciona una mirada neutral respecto del proceso. En primer lugar, se hace referencia a la Guerra como contexto de la historia, ya sea la Primera Guerra Mundial ( , 1917 para el caso ruso) o la misma guerra civil. Esto denota que, para el hombre común, el hombre de abajo, ambos conflictos podrían haber resultado en uno solo, es decir, en un solo conflicto bélico cuya crueldad no varió desde su comienzo hasta su final. En segundo lugar, la referencia a las penurias sufridas, demarcan la existencia de una economía de guerra. En general, ciertos manuales hacen referencia a las herramientas usadas por el partido comunista en su intento por mantener en funcionamiento al Estado revolucionario, pero es factible suponer que la escalada contrarrevolucionaria supuso condiciones tan extremas como las generadas por el bolchevismo, sobre todo si se trata de un pueblo tomado por un ejército de ocupación. En tercer lugar, la narración nos ofrece un panorama acerca de las facciones que intervinieron en el conflicto pero, sobre todo, nos permite advertir el tipo de reacciones que dicha guerra pudo haber acarreado en los actores que no tuvieron un papel directo en el proceso. Así como María participó del asesinato de una guardia de rusos blancos, el mismo destino podría haber corrido un escuadrón del ejército rojo. Por último, lo es destacable el hecho de que existió gente que no tenía ni quería tener nada que ver con la guerra civil, gente que en lugar de escoger un bando prefirió huir de esa situación, abandonando no sólo su pasado, sino todo el futuro que su nación, recientemente constituía como tal, le había prometido hacía tan solo unos años atrás. Assunta Por Cristian Andrés Di Renzo. Aquel 8 de diciembre de 1943 la familia Fosco se preparaba de a poco para recibir a la tan ansiada navidad con los recursos que tenían. Algunas papas, unos pocos frijoles y apenas unas aceitunas eran parte del festín de esta familia de contadinos. En el pequeño pueblo italiano de Ari, las fiestas religiosas se celebran de una manera especial pero nunca pasó por su imaginación lo que iba a suceder. Aquel día típico del más crudo invierno, Assunta Fosco, la segunda hija del matrimonio, se enteró junto con su familia que tenían 30 minutos para abandonar su historia, su vida. Un grupo de alemanes ingresaron a punta de pistolas a su humilde morada en una tarde que se volvió eterna. Fue así que dejaron atrás todo lo que habían planeado, su siembra, su felicidad Salieron a la calle sólo con lo que traían puesto, Assunta, con 18 años, acompañó a su familia en un largo camino sin destino en medio de una tormenta de nieve que la atacaba, incluso sin tener calzado. Pasaban los días y el hambre era cada vez más insoportable. La ira, la decepción y el dolor de haberlo dejado todo angustiaban a la familia Fosco. En este panorama recibieron la noticia de que la ciudad de Chieti, la capital provincial, era Ciudad Abierta e iniciaron el viaje hacia allí junto con otra familia amiga. Una vez que arribaron tras recorrer kilómetros a pie, se encontraron con un panorama no muy diferente al que habían dejado atrás, hambre, enfermedades, muerte. Pasaron por siete refugios, uno de ellos dentro de una montaña, apenas una cueva en donde dejaban en la entrada un vigilante con un pico y una pala en caso de que un bombardeo les tape la entrada como ocurriera alguna vez. Ya en un refugio en Chieti, que no era más que una pequeña pieza del tamaño de un baño, Assunta, su mamá embarazada y su hermano menor decidieron volver a su casa para buscar algo
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