Atrás el Ártico, sus regiones. Bernardo Ruiz. de nuestra portada. El Búho

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de nuestra portada Bernardo Ruiz Atrás el Ártico, sus regiones ninguna tierra : viento, hielo, la ventisca, las auroras boreales, los gigantescos glaciares que fueron hogar de la Criatura tal como afirma
de nuestra portada Bernardo Ruiz Atrás el Ártico, sus regiones ninguna tierra : viento, hielo, la ventisca, las auroras boreales, los gigantescos glaciares que fueron hogar de la Criatura tal como afirma Mary Shelley, únicamente También habité bajo el hielo, en breves refugios, so la capa de blancura callada, muda, eterna Gerardo Cantú El Búho y atestigüé la dudosa compañía en contraparte de la ciega oscuridad meses y meses y las mujeres pasearon inquietas ante mis ojos como lujosos estuches de apreciados tesoros sin más brújula que la certeza de la estrella Polar espléndida, generosa que me arrullaba meras ilusiones en los cabeceos durante acunado en los globos de los ojos el asalto del cansancio virus mortal, endémico, entre resurrecciones En ocasiones, el alba parecía regresar. Tímida, la estrella buscaba nuevamente y agonías. Es necia, depredadora, cínica, la soledad. el filo del horizonte como esas chicas que aprenden el arte del coqueteo en los patios huidizos de la escuela Harto, hace algunas fechas, se impuso la disciplina: mera voluntad de supervivencia: Difícil apagar la sed, conciliar el sueño todo atrás se había perdido. o soportar viejas añoranzas entre prolongadas [vigilias La desolación interior mientras la temperatura tritura las articulaciones en tanto cada músculo se contrae y acalambra se correspondía con la del mundo. Murmuré apenado, lentamente, Kyrie eleison, Kyrie eleison, y me solté a llorar. al tiempo que cada coyuntura del maltratado esqueleto aprende a gritar como un cuerpo que se incendia en el vacío Días más tarde, con la esperanza de la resignación, me dije: «Mejor morir más lejos que aquí»; y me puse a buscar el Sexto Continente Regresaban insistentes, asimismo, ciertas nostalgias: éste los encuentros con los amigos, para mi última estación. las conversaciones en los cafés o en los bares las breves faldas de las mujeres Aleluya! de nuestra portada * El Wendigo Hombre de fortuna El demonio en altamar Maëlstrom Charla con el Diablo La extensión del mal Columnas de Hércules Una noche en Alejandría Los dilemas de la Esfinge Las islas venturosas Bienaventurados Voces de Atlántida Tristán de Acunha El perfil del Behemot La tierra de Fuego Remembranza de La Isla de los Pingüinos La tormenta La última gaviota La tierra blanca Cordillera final Sexto continente El borde de la costa El Búho Luis Filcer David Martín del Campo Quizá esto sea simplemente sacrilegio. Aquí a 50 metros rechinaba y traqueteaba la primera imprenta traída a América, en 1539, con todo y el impresor Juan Pablos El gobernante de entonces era el vice rey Antonio de Mendoza y Pacheco, y trajo en barco y mulas esa tipografía primigenia en la que se imprimió la Primera Doctrina Cristiana en Lengua Mexicana. Ahora, 476 años después, en que el lugar de don Antonio lo ocupa el licenciado Enrique Peña, estamos celebrando el lanzamiento de una novela sin papel, sin imprenta y sin libro. Aquélla, la prensa de Gutemberg, tardó 22 semanas en llegar desde el puerto de Cádiz hasta esta casa de impresión. La novela de Emilio Losada, en cambio, ha tardado segundo y medio en cruzar el Atlántico para quedar inscrita en el 2º Premio Internacional Ink de Novela Digital. Y ha ganado, por cierto. Debo confesar que es la primera vez que leo así, de jalón, novelas en pantalla. Algo de herejía hay en ello, pues fui educado en la creencia de que los libros eran de papel, la sopa de fideos y las mujeres difíciles. Leonel Maciel de nuestra portada La novela de Losada es deslumbrante, muy divertida, a ratos dolorosa y, por lo mismo, entrañable. Robert, el protagonista, es un hijo perdido de la vida. Ha estudiado la Universidad, quiere escribir algún día su primer libro, lo abandona su primera y su segunda mujer, cree que la vida habita en los cafetines y los bares donde mira pasar a los habitantes de su Barcelona indómita, porque la novela se anuncia como eso, una historia verídica barcelonesa. Cuando decidimos que este manuscrito debería de ganar el concurso, percibimos que en el aire había un homenaje a Rayuela, la inmortal de Julio Cortázar, sólo que él celebraba al París de los años 50, mientras que Losada festeja a la Barcelona de estos días la Barcelona de siempre machaca el protagonista, la de patillazas y mariconeras, la mestiza y guarrindonga, la de la Charo y el Pepe del queridísimo Manolo Vázquez Montalbán, la Barcelona sin Cataluña y sin España, sin patria ni bandera, la pecaminosa y charnega!, la muerta y enterrada en serpentina y colorín, la Barcelona-Barcelona la eterna Barcelona. No por nada el autor abre su novela con un poema de Jaime Gil de Biedma, barcelonés por adquisición, quien nos previene: Es ésta la ciudad. Somos tú y yo. Calle por calle vamos hasta el cielo. Toca la piedra mansa, la paciencia del pretil porque Aviones de Fuego es también un homenaje a otros autores que han amado la ciudad condal: el memorioso editor Carlos Barral, los hermanos Goytisolo, Juan Marsé y su hondísima Últimas tardes con Teresa. En ese tenor se inscribe Aviones de fuego, de este escritor catalán y andaluz (o al revés) quien ganó el año pasado el Premio de Poesía Villa de Peligros, Granada, y el año pasado fue finalista del Premio Internacional Contacto Latino con su novela Los ángeles rasos. Y lo digo porque Aviones de Fuego es más que una metáfora ese juego infantil de arrojar avioncitos de papel encendidos, desde el quinto piso, y a ver qué pasaba. Uno tras otro, toda la tarde, porque ninguno llegaba entero al piso y alguno habría de ingresar por algún balcón y tal vez incendiar el piso y el edificio o Barcelona entera, en un azaroso ajuste de cuentas. Además que los personajes que acompañan a Robert son del todo admirables, como la Marta que con sus oquedades no dejaba de ser una mujer, sus atributos mamarios y demás y que se haga constar que en alguna ocasión permitía conatos eróticos nada serios, tal vez un toqueteo por los bajos, pero nada de cuidado. Todo lo contrario que la espirituosa Alasanfán, o el Tonet, o la Sophie, o el Eusebi, o la Vespa misma que todos comparten, pero sobre todo el Ente, Asdrúbal, el fotógrafo muerto que no ha muerto y se pasea como un fantasma por el piso que ha ocupado Robert. Al principio se hiela del miedo, luego se hacen amigos, luego cómplices y qué es lo que pide un fantasma que fuma y fuma, luego de siete años de contención y cementerio? Una mujer, así que el protagonista ha de contratar una putilla rumana para que el Ente, tenga por fin y por 200 euros entregados a regañadientes, trato íntimo e indispensable. Lo decía, Aviones de fuego es una novela espléndida, plena de amenidad, a ratos espeluznante y a ratos de rodar en carcajadas. Es la novela que merece Barcelona en estos días en que decide su futuro. Si española o catalana, o ambas o ninguna, ya lo sabremos, pero la novela de Emilio Losada estará ahí para testimoniar un tiempo y una ciudad que arde de vitalidad y entusiasmo. 10 El Búho Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz Las novelas, esos libros que tanto nos han hecho vibrar a lo largo de nuestra vida, han tenido un largo devenir. Se le considera el más tardío de todos los géneros literarios, puesto que no logró implantarse hasta la Edad Media. En cuanto a su etimología, proviene de la palabra italiana novella (relato de ficción intermedio entre el cuento y el romanzo o narración extensa); ésta, a su vez, de la forma femenina latina novellus, cuyo significado sería novedoso. El término novela, que en tiempos de Cervantes mantuvo su acepción original de relato breve, posteriormente servirá para designar la narración extensa (en francés, roman), mientras que el relato breve será denominado novela corta. El origen de lo que luego denominaremos novela lo encontramos entre los siglos II a.c. y III d.c. en Grecia y Roma, aunque existen, con anterioridad, largos relatos narrativos en ver- Carlos Reyes de la Cruz de nuestra portada 11 so propios de tradiciones orales como la sumeria y la hindú. Las primeras manifestaciones de muchos de los géneros literarios que más tarde aparecerían en Occidente se dieron en la literatura oriental, en especial, en lengua sánscrita. El primer texto indio que cabe considerar como precursor de la novela es, quizá, Cuentos de diez príncipes, un romance en prosa de Dandin, escritor en sánscrito de finales del siglo VI d.c. La primera novela psicológica más antigua de la literatura universal y la más importante de la literatura japonesa clásica es el relato Genji Monogatari (siglo XI), de la escritora Murasaki Shikibu. En Grecia con Homero y en Roma con Virgilio autor de La Eneida se puede hablar de las 12 El Búho Fernando Reyes Varela primeras ficciones en prosa; la ficción, uno de los ingredientes de la fórmula mágica de la literariedad, ese elemento indispensable que convierte un texto en literatura. En la época del imperio romano aparecen las inaugurales manifestaciones escritas en latín y dignas de tal nombre son el Satiricón, la primera novela gay de la historia, atribuida a Petronio (siglo I d.c.) y el Asno de oro de Apuleyo (siglo II d.c.), considerada como una de las joyas de la literatura universal. Pero es en Grecia donde encontramos las primeras narraciones de verdaderas aventuras épicas, como las creadas por Homero (La Iliada y La Odisea) y que dan origen al género. Después de esto, la épica ha evolucionado en dos direcciones. Primero de una forma estructural, puesto que de ser un género narrativo escrito en verso pasó a ser un género escrito en prosa, la novela. Segundo, en cuanto al contenido, ya que deja de centrarse en los mitos y valores del mundo antiguo (el valor, la virtud, el heroísmo) para ser reemplazado por el mundo novelesco, cargado de otros valores (libertad, individualidad, subjetividad). En definitiva, la unión de la épica y la novela se manifiesta en la representación de un mundo repleto de elementos (ideas, personajes, valores, tipos de mundo, etc.), con una perspectiva temporal que favorece la narración en pasado y cuyo contenido se alimenta de los recuerdos contados y transmitidos por la tradición sobre los héroes legendarios y sus proezas. Ya desde los griegos nos viene la clasificación de la novela en cuatro tipos básicos: novelas de viajes (Vida y Hazañas de Alejandro de Macedonia de Pseudo-Calístenes), amorosas (Dafnis y Cloe de Longo), satíricas (Satiricón de Petronio o El Asno de oro de Apuleyo) y bizantinas (Historia de Apolonio rey de Tiro). Llegamos pues a la Edad Media donde podemos encontrar, junto a relatos de novela corta, nuevos modelos de narración extensa, como la novela sentimental y la caballeresca. Esta última surgió con afán de aventuras y como alternativa fantasiosa para aquellos que no podían recorrer la geografía descubriendo aventuras. Los libros de caballerías son las primeras obras puramente novelescas, escritas en prosa y ficcionales. La narrativa medieval fue poesía épica cantada por los juglares. A partir del siglo XIII se fue creando en Europa la narrativa en prosa. Quizás las tres primeras obras que se pueden llamar novelas aparecieron en España: el Libro de Buen Amor, La Celestina y El Conde de Lucanor, aunque la primera está escrita en verso, y la segunda, escrita en 1499, es de difícil catalogación: obra dramática o novela dialogada? A comienzos del XVI, aparece uno de los libros más famosos de caballerías: Amadís de Gaula. También germinan otros géneros novelescos a mediados de este mismo siglo como la primera novela pastoril Los siete libros de Diana, publicada en España hacia 1559 que fue, continuación de la novela sentimental; y la primera novela morisca: Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa (1551). Estas obras, típicamente españolas, narran las peripecias entre cristianos y moros durante la Reconquista. Pero el género más importante nacido en España, de nuestra portada 13 es el picaresco. Se dice que La vida de Lazarillo de Tormes (1554) es el comienzo de una crítica de los valores dominantes y que contiene características de la novela moderna: narra una vida que va haciéndose contada por el propio personaje. Y finalmente, llegamos a la obra cumbre de la literatura universal. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (1615) está considerada como la primera novela moderna, mezclando realismo y ficción para desmitificar la tradición caballeresca mediante un tratamiento burlesco. Y también como la primera novela polifónica, dando voz a distintos narradores que interpretan la realidad desde distintos puntos de vista. Hasta el siglo XVIII la novela constituye un género literario desprestigiado en todos los aspectos. Aunque el arte de narrar era conocido desde mucho antes, la novela se conceptuaba como frívola, se la consideraba un peligroso elemento de perturbación pasional y de corrupción de las buenas costumbres, cultivada por espíritus inferiores y apreciada por lectores poco exigentes en materia de cultura literaria. Comienza a afirmarse un nuevo público (nuevos gustos, nuevas exigencias espirituales) y la novela experimenta una metamorfosis y un desarrollo muy profundo. A partir del siglo XVIII se habla de una tradición novelística, se revestirá de nuevas formas, nuevos contenidos 14 El Búho Jesús Portillo Neri Héctor Ceballos Garibay Sábado 8 de agosto. Hacía un calor agradable para pasear. Salí temprano de mi hotel ubicado en la calle de Álvaro Obregón, rumbo a la estación Cuauhtémoc del Metro, a escasos diez minutos a pie. Tomé la línea uno y me bajé en la estación La Merced, cuyo acceso principal desemboca en el microcosmos variopinto del mercado, uno de los más antiguos y célebres de la megalópolis. Fama bien respaldada por la enorme cantidad de productos que se ofertan al cliente: legumbres, cestería, dulces, flores, herbolaria, juguetes, animales vivos, lozas, plantas medicinales, artículos para brujería, moles y especias Un universo inabarcable de colores, olores y sonidos a cual más de atractivos. De inmediato reparé en las nueces de castilla, las granadas, las changungas, los juaquiniquiles, los higos y otros suculentos frutos veraniegos que se ofrecían a los marchantes. Y aunque se trata de un lugar bullicioso y palpitante, me sorprendió no toparme con de nuestra portada 15 aglomeraciones de transeúntes ni con el hedor característico de algunos mercados de la provincia. Crucé el feo y ruidoso Eje 1 Oriente a fin de internarme por el barrio (que hasta fechas recientes era un muladar donde abundaban los maleantes, los vagabundos y las prostitutas), una zona rica en monumentos históricos y artísticos cuyos trabajos de rescate urbanístico y turístico aún son incipientes, a diferencia de la zona occidental del Centro Histórico que luce esplendorosa con sus edificios restaurados y sus calles peatonales repletas de alborozados viandantes. Subí por la calle Misioneros y volteé a la derecha por Talavera, callejón que caminé complacido pues había edificios muy interesantes a mis costados, sobre todo la Casa Talavera (la cual fue construida en el siglo XVI, sirvió de residencia del marqués de Aguayo y hoy es 16 El Búho un bello recito cultural). Dos cuadras más adelante encontré la intersección con República de Uruguay, y justo al virar hacia la izquierda, a media cuadra y a mano derecha, me topé con una inmensa construcción amarilla de tres pisos: ahí estaba, por fin, el objetivo principal de mi travesía: el Claustro del Ex Convento de La Merced, donde vivió el Dr. Atl en los años veinte y que fue escenario de la tórrida pasión amorosa entre el insigne pintor y Carmen Mondragón (Nahui Olin), una de las mujeres más hermosas y cautivantes de aquella época. La puerta principal del recinto, para mi desgracia, estaba cerrada. Con el alma en un hilo, pregunté al encargado de la tienda más cercana -Casa Rebe, un expendio de telas- la razón por la cual aún no había abierto el lugar, pues ya pasaba de las diez de la mañana. Me respondió que ya tenía meses clausurado el acceso, pues el edificio estaba en remodelación. Cómo aliviar mi desencanto? Respuesta: si hacían obras de restauración, necesariamente tenía que haber un portón para el ingreso tanto de los albañiles como de los materiales de construcción; y tal vez por ahí podría yo, en un golpe de suerte, admirar de lejos el único claustro en estilo mudéjar de América. Apresuré el paso y doblé a la derecha por la calle Jesús María, con la idea de rodear el edificio. Justo había andado unos cuantos pasos y ya estaba frente al zaguán que buscaba. Asomé la cabeza por el pórtico de madera entreabierto y enseguida se acercó el velador para indagar qué se me ofrecía. Le expliqué que investigaba la vida y obra del Dr. Atl y que había viajado desde Uruapan con el objetivo de conocer el claustro y para tomar notas sobre el barrio de La Merced. Se compadeció de mí y me invitó a pasar al patio trasero. Era un tipo poco común y sabía mucho del ilustre personaje: que ayudó con generosidad a las prostitutas viejas y jóvenes, gordas y flacas, feas y bonitas, las cuales día y noche merodeaban por el mercado; que ofreció ahí mismo opíparas comilonas a los artistas bohemios de la época, cocinando él mismo las viandas; que se trasladó a vivir al claustro con el propósito de evitar su demolición (el Convento mercedario, construido en el siglo XVII, por desgracia había sido destruido durante la guerra de Reforma); y que hizo del lugar un centro cultural donde se montaron magníficas exposiciones pictóricas y artesanales. De todo ello conversábamos amenamente hasta que, de pronto, interrumpió la charla y dijo: puede usted entrar, abra aquella puerta del fondo con cuidado y visite el claustro. Nada más no se tarde mucho. Con una sonrisa jubilosa le mostré cuán agradecido estaba por permitirme tener una probadita del paraíso. Ya adentro, acompañado tan sólo por el silencio, mis ojos se regocijaron ante ese enorme patio flanqueado por arquerías con columnas de capitel dórico; arcos majestuosos y pilares labrados con imágenes de santos, conchas y multitud de motivos vegetales que hacían más impactante el contraste con las gárgolas de cabezas felinas. Subiendo por la escalera monumental, abierta en dos brazos y adornada con una cúpula rematada por una linternilla, arribé por fin a la planta alta, donde el estilo morisco alcanza grados sublimes de belleza, sobre todo porque ahí las columnas son dobles y aumentan su número, mos- de nuestra portada 17 trando adornos marinos y florales de una profusión esplendorosa. Y esa media hora, por sí misma, hubiera valido el viaje a la ciudad de México. Ya era el mediodía, estaba exhausto y sediento. Decidí tomar una cerveza en la cantina La Peninsular (la más antigua de la ciudad, inaugurada en 1872), ubicada muy cerca del claustro: en la calle Corregidora, frente a la Plaza de la Alhóndiga. Luego de recuperar energías proseguí la jornada turística por aquellas calles gloriosas, muchas de las cuales fueron canales por donde navegaban en el México antiguo las canoas repletas de comestibles y enseres de todo tipo rumbo al viejo mercado de La Viga. Elegí la calle Corregidora para subir hacia el Zócalo, pero antes de emprender la que sería una larga travesía, deambulé por los alrededores, deteniéndome a contemplar con delectación las fachadas de varias edificaciones valiosas: el templo de Jesús María (donde en ese momento se oficiaba una misa de sanación), el Pasaje comercial La Santísima- Zapata, el templo de la Santísima Trinidad (cuyo admirable pórtico pertenece al barraco churrigueresco) y las plazas aledañas. Durante el pausado trayecto hacia la zona occidental del Centro Histórico, tuve oportunidad de admirar numerosas casas palaciegas que lucían sus características fachadas de tezontle, las hornacinas con santos y los sillares de cantera, adornos arquitectónicos que aún engalanan las residencias donde vivieron personalidades de la talla de Andrés Quintana Roo y Mariano Matamoros. Entre las delicias de visitar estos lares hay que mencionar los personajes populares: el organillero, el paletero, el afilador de cuchillos, el curandero
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