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www.menonitas.org 1 Origen de los menonitas: Los anabaptistas no violentos del siglo XVI por Dionisio Byler1 I. Historia del movimiento anabaptista tes socioeconómicos. En la época en que surgieron ¿«Anabautistas» o «anabaptistas»? los anabaptistas, los
  www.menonitas.org 1 Copyright © 2000 Dionisio Byler Origen de los menonitas: Los anabaptistas no violentos del siglo XVI por Dionisio Byler 1   1  Este trabajo es una versión para internet  , de una conferencia leída en el II Encuentro Menonita Español, Zaragoza, 9-11 septiembre 1994, con el título de «Los anabaptistas del siglo 16 y los españoles del siglo 21» I. Historia del movimiento anabaptista ¿«Anabautistas» o «anabaptistas»? Ambas formas de la palabra son corrientes. Muchos prefieren escribirla con «u», por su eufo-nía y concordancia con el cambio ortográfico del griego al español que vemos, por ejemplo, en la palabra «bautismo». Aquí hemos preferido ceñir-nos a la «p» por un motivo muy sencillo: es así como figura esta palabra en los diccionarios y enciclopedias. Trasfondo cultural y social del anabaptismo del Siglo XVI.   Europa se hallaba a caballo entre la Edad Me-dia y el mundo moderno. Tocaba su fin un milenio largo de sociedad unificada en torno a la religión cristiana. La palabra «cristiandad» describe la unidad absoluta entre sociedad, iglesia, y un mar-co geográfico que abarcaba a toda Europa, que se pretendía como valor indiscutible. Sin embargo al arrancar el Siglo XVI la sociedad europea había empezado ya el camino hacia el nacionalismo, por un lado, y los intereses comerciales e industriales, por otro lado, en sustitución de la religión cristia-na como fuerza impulsora de la sociedad. En ese preciso instante surge como un estallido, en boca de los anabaptistas, el concepto de iglesia libre, de libertad de conciencia religiosa personal. A pesar de hallar una resistencia sin concesiones, ese con-cepto tan revolucionario pudo salir victorioso porque en los siglos siguientes la religión ya no sería indispensable como fuerza impulsora de la sociedad, salvo en algunos movimientos extrema-damente retrógradas. Por otra parte, a principios del Siglo XVI, el mundo se halla en un período de grandes contras-tes socioeconómicos. En la época en que surgieron los anabaptistas, los campesinos de Europa central protagonizaron alzamientos revolucionarios co-ntra la nobleza que les tenía oprimidos bajo el yu-go pesado de una sociedad feudal. Estos alzamien-tos fueron aplastados sin misericordia con el alien-to de las autoridades eclesiásticas, tanto las católi-cas como las protestantes. Los ideales de solidari-dad fraternal que inspiraron a los anabaptistas a compartir lo que tenían, ideales que en algún caso llegaron a generar comunidades de bienes, supu-sieron un reto no violento al sistema social y eco-nómico imperante. Varios siglos antes de Marx,  basándose sencillamente en el evangelio como ya antes lo había hecho Francisco de Asís, los ana- baptistas montaron un reto a la opresión y la injus-ticia. Inicio del movimiento anabaptista.   A. Los Hermanos Suizos.   1. Zurich.  Para hablar del co-mienzo de los Hermanos Sui-zos es necesario situarnos en es-cena con la re-forma de Zuinglio en Zurich. Zuinglio empezó a predicar los puntos elementales de una reforma fundamental del cristianismo cuando todavía no tenía el poder para realizarlo. Cuando por fin em-pezó a influir en el Concejo de Zurich con el fin de que cambiaran las cosas, se encontró con la típica situación política en la que «el peor enemigo de lo posible es lo perfecto». Ya que Zuinglio creía pro-fundamente en los cambios que proponía y era a el tema que se-llaría la división sería el del bau-tismo  2 Origen de los menonitas   la vez un ciu-dadano pa-triótico, prefi-rió la lentitud de las transi-gencias políti-cas a la mar-ginación anecdótica de los radicales. Sin em- bargo algunos de sus más íntimos se-guidores no comprendie-ron ni com-partieron esta actitud. Al parecer el ca- becilla de es-tos radicales era Conrado Grebel, un joven humanista de familia noble que hacía poco había vuelto de la Universidad de Pa-rís. Otros eran los sacerdotes Simón Stumpf, Jorge (Cajacob) «Blaurock», Guillermo Reublin, Juan Brotli; y Félix Manz, joven estudiante como Gre- bel. Aunque el primer desacuerdo entre estos jóve-nes radicales y el reformador protestante fue sobre el tema de la eucaristía, el tema que sellaría la di-visión sería el del bautismo. Se sabe que en los primeros meses de 1524 Reublin y Brotli ya predi-caban en contra del bautismo infantil y se negaban a bautizar a los recién nacidos en las parroquias de sus pueblos. Meses más tarde el grupo de los radi-cales en torno a Grebel escribió cartas a varios lí-deres protestantes, exponiendo sus razones sobre diversos puntos. En cuanto al bautismo sólo para creyentes, esgrimen dos argumentos: que el bau-tismo admite al creyente al cuerpo y la disciplina de la comunidad cristiana, y que ha de ser reflejo de su experiencia y compromiso personal. Al finalizar ese año (1524) la situación se halla- ba tan confusa que el Concejo ordenó a Zuinglio reunirse todos los martes con el grupo de los radi-cales hasta que se pusieran de acuerdo. Zuinglio se reunió dos veces con ellos y se hartó de su acti-tud. Entonces Félix Manz presentó un recurso pi-diendo que el tema se debatiera públicamente ante el Concejo. Se convocó una reunión, pero en lugar de permitir un debate libre sobre el tema, el Con-cejo resolvió que todos los niños debían bautizarse y que cualquier matrimonio que se negara a bauti-zar a sus hijos sería expulsado del cantón. Era el 18 de enero de 1525. Con esta sentencia se daba aviso de que en adelante se emplearía la fuerza para obligar la conformidad. La respuesta del grupo de Grebel fue reunirse para orar. Tenían una semana para responder. El 21 de enero estaban reunidos en casa de la madre de Félix Manz. A todo esto la cuestión había sido siempre que si bautizar a los bebés. La cuestión de si volver a bautizar a los adultos no figuraba. Dice así la antiquísima historia conservada por los her-manos hutteritas. Llevaban bastante tiempo reunidos y una profunda angustia se apoderó de sus corazones. Empezaron a do-blar la rodilla ante el Dios que es exaltado en los cielos, clamando a él como a quien sabe lo que hay en los cora-zones de los hombres, rogando que les permitiese hacer su voluntad divina y que les mostrara su misericordia;  porque la carne y la sangre y la imaginación humana no era lo que les impulsaba. Bien sabían lo que tendrían que sufrir y aguantar por causa de ello.   Después de la oración Jorge Cajacob se levantó y le  pidió a Conrado Grebel que por amor de Dios le bauti-zara con un bautismo cristiano verdadero, como conse-cuencia de su fe y su confesión. Y ya que estaba de rodi-llas, rogándole con un deseo tan conmovedor, Conrado le bautizó, porque no había presente ningún ministro ordenado para hacer tal cosa. Una vez hecho esto, los demás de la misma manera rogaron a Jorge que les bau-tizara, lo cual hizo porque se lo pedían. Así con gran temor de Dios se encomendaron unos a otros al Nombre del Señor, se reconocieron mutuamente como ministros del Evangelio, y empezaron a predicar y guardar la  fe.De este modo comenzó la separación del mundo y sus obras perversas. Observemos: (a) Si la narración que nos ha lle-gado es fiel al espíritu de la ocasión, esto no fue algo premeditado ni preparado, sino una respues-ta sorprendente del Espíritu ante el clamor y la angustia que estaban pasando. El Espíritu desblo-queaba así la situación al inspirar una medida tan radical que ya no podían volver atrás.  (b) Al decir el relato que «no había nadie presente ordenado para bautizar», observamos que estaban recha-zando también el sacerdocio católico, ya que la mayoría de los presentes eran curas. Es que de En esta calle de Zurich estaba la casa donde vivió Conrado Grebel en los años 1508-14 y 1520-25.  www.menonitas.org 3 verdad consideraban que con el bautismo empe-zaban de cero. (c) El bautismo no fue por inmer-sión; fueron los bautistas ingleses un siglo más tarde los que restaurarían la  forma  del bautismo. El resultado fue una iglesia alterna-tiva. Grebel y sus amigos se lanzaron inmediatamente a una actividad fre-nética. En los días sucesivos fueron por la ciudad y la comarca bautizando a los que ya desde antes simpatizaban con ellos y a otros muchos que con-vencían. Les valía cualquier pedazo de pan y cual-quier vaso de vino que encontraban en la cocina, para tomar la comunión por las casas, en los gra-neros y en el campo abierto. A todo esto —y para situarnos en el tiempo— tanto Lutero como Zuin-glio seguían celebrando la misa según el rito cató-lico;  por lo que este grupo constituyó la primera y más antigua de las iglesias reformadas.  El movimiento se extendió rápidamente a al-gunos de los cantones vecinos y a la frontera aus-tríaca. En el pueblo austríaco fronterizo de Walds-chut, por poner un ejemplo, para Semana Santa de 1525 la mayoría de la parroquia se había bautiza-do, siguiendo la enseñanza de su cura, Baltasar Hubmaier. Posteriormente Hubmaier tuvo que huir, pero no sin antes dejar varias obras escritas, entre las que figura un importante tratado sobre el  bautismo. 2. El Acuerdo de Schleitheim (1527).   La persecución y las dificultades no se hicieron esperar.Hacia principios de 1527 el movimiento anabaptista se veía amenazado con la desintegra-ción. El joven y más prometedor líder, Conrado Grebel, había muerto de una enfermedad poco después de su bautismo. A Félix Manz le habían ahogado en el río (lo cual demuestra que los pro-testantes suizos tenían sentido de humor: «Ya que te gusta el agua… ¡Toma!»). Jorge Blaurock y Bal-tasar Hubmaier habían salvado la vida con el exi-lio. Los demás líderes estaban bajo orden de busca y captura. Luego estaban los excesos y desequilibrios. Los anabaptistas gozaban de muchos simpatizantes, pero pocos estaban dispuestos a jugarse el tipo. Al otro extremo se encontraban los que, fanatizados por la persecución, decían recibir visiones y profe-cías alocadas, o extremaban el rigor en la conducta exigida o, todo lo contrario, se declaraban libres en el Espíritu para vivir en toda suerte de pecados y abominaciones. Así las cosas, se celebró en un pueblito suizo llamado Schleitheim, una reunión que resultó pro-videncial. No se sabe quién convocó la reunión, ni quiénes asistieron. Parece ser que los líderes allí reunidos venían con puntos de vista muy diversos sobre una cantidad de temas, reflejando la confu-sión que imperaba en el movimiento en general. Pero, al igual que había sucedido aquella noche de los primeros bautismo en casa de Félix Manz, fue-ron tocados poderosamente por el Espíritu Santo. Entonces encargaron a un tal Miguel Sattler (antes prior de un importante monasterio benedictino) que redactara lo que habían sacado en limpio del encuentro. Sattler escribió una carta de presenta-ción para los siete artículos del acuerdo, donde pone:  Amados hermanos y hermanas, nosotros que nos hemos reunido en el Señor en Schleitheim del Randen anunciamos (...) a todos los que aman a Dios, que en cuanto a nosotros respecta, Dios nos ha unido para que nos mantengamos firmes en el Señor como hijos de Dios obedientes, hijos e hijas, quienes nos hemos apartado (...) del mundo en todo lo que hacemos y dejamos de hacer. Además (la alabanza y la gloria sean sólo para Dios) ningún hermano se muestra en desacuerdo con esta unidad, sino que nos hallamos todos en completa  paz. En esto hemos sentido la unidad del Padre y de nuestro Cristo común, hechos presentes con nosotros  por medio de su Espíritu. Porque el Señor es Señor de  paz y no de contiendas, como indica Pablo.   Los siete artículos  en los que el Espíritu les había unido son los siguientes: el resultado fue una iglesia alternativa Portada del Acuerdo de Schleitheim, 1527  4 Origen de los menonitas   (1) El bautismo.  Sólo ha de administrarse a los que creen. (2) La separación de los que caen en el error o el pecado. Aquí sencillamente siguen las instruc-ciones de Mat. 18. (3) El partimiento del pan.  Aquí defienden lo que se conoce como «comunión cerrada», o sea que sólo pueden participar los que son miembros comprometidos de la comunidad y viven en san-tidad. (4) Apartarse de todo tipo de pecado  , maldad, idolatría y abominación. Los pecados proscritos incluyen el frecuentar los bares y las iglesias, y el empleo de armas incluso en defensa propia. (5) Los pastores.  Sobre ellos se dice que deben gozar de buena reputación dentro y fuera de la comunidad. Y que cuando uno es conducido a la cruz (o sea cuando muere mártir), esa misma hora ha de ordenarse otro, con el fin de impedir la des-trucción de la comunidad. (6) La espada: La espada ha sido ordenada por Dios para las autoridades civiles, pero fuera de la perfección de Cristo. En la perfección de Cristo só-lo se emplea la separación. Así como Cristo no permitió que le hicieran rey, el cristiano evitará servir como magistrado; el magistrado emplea las armas de la carne, pero el cristiano las del Espíritu. Por todos estos motivos el cristiano no puede por-tar armas en defensa del orden y de la sociedad. (7) El juramento.  Aquí siguen las instrucciones de Jesucristo en el Sermón del Monte: El cristiano debe decir siempre la verdad y nunca jurar. Miguel Sattler selló su fe con el martirio en mayo de 1527, tres meses después de esta reunión. B. El anabaptismo en Europa central. 1.Algunas figuras señeras:   Hans Denk  († 1527). Una de sus cualidades más destacadas fue su espíritu pacífico; detestaba la cerrazón con la que cada cual, tanto los Refor-madores oficiales como sus propios colegas ana- baptistas, se encerraban en sus cuatro doctrinas predilectas. Fiel sucesor de la corriente mística medieval, Denk prefería antes que nada hablar del amor de Dios. Era éste el tema que de verdad le apasionaba. En cuanto a las Escrituras, no compar-tía la convicción reformada (compartida también por muchos anabaptistas) de que con la Biblia sola se bastaban. Le parecía que tan importante como las Escrituras, e in-dispensable para comprenderlas, es el Espíritu de Cris-to. Denk insistía que Dios se sigue comunicando con el ser humano me-diante su presencia y su amor, que no solamente por medio de la Bi- blia. Otra de sus convicciones inamovibles era la que expresa su frase más famosa: «Nadie puede conocer de verdad a Cristo a no ser que le siga en la vida». Pilgram Marpeck  († 1556). Fue un ingeniero hidráulico de capacidad excepcional. Fue tan soli-citado como ingeniero que se salvó del martirio a pesar de que de todos era conocida su defensa del anabaptismo. Después de Menno Simons, Mar-peck es el pensador anabaptista del Siglo XVI que más obras escritas nos ha dejado. Lo más destaca- ble de su pensamiento tiene que ver con el lugar del Antiguo Testamento en el pensamiento cris-tiano. Para los Reformadores de Estrasburgo, por ejemplo, la Biblia era toda de una pieza; gozaba de la misma autoridad el ejemplo de los reyes David y Salomón, que el de Jesucristo. De ahí justificaban toda una manera de entender la sociedad cristiana y la relación entre la iglesia y el estado. Marpeck veía la relación entre los testamentos como una de promesa y cumplimiento. Hablaba de dos pactos en la Biblia: el antiguo, de esclavitud; el nuevo, de libertad. El pacto antiguo obliga a obedecer por la fuerza; el pacto nuevo deja en libertad para obede-cer voluntariamente. De esto se desprenden con-secuencias prácticas respecto a la tentación por el legalismo en la vida cristiana, respecto a la natura-leza voluntaria de la iglesia, respecto en última instancia a la libertad de conciencia y la libertad religiosa. Hans Hut  († 1527). Evangelizador fogoso, se calcula que en tan sólo dos años de ministerio antes de morir mártir, produjo más convertidos que el total de todos los demás anabap-tistas. En tres aspectos la prédica de Hut eran bas-tante distinta a la de los Hermanos Suizos. (1) Era enorme su fascinación con el regreso de Cristo. Se dice que llegó a precisar la fecha para ello: Pente-costés de 1528. Sabemos que Denk le aconsejó que «Nadie puede conocer de verdad a Cristo a no ser que le siga en la vi-da». Hans Denk
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